Capitolio

Historias de fin de año

Francisco tiene tres hijos. Una de dieciséis, uno de catorce y uno de seis. —“El pilón”—le digo mientras conduce su Nissan, entre la Plaza de Armas y la colonia República.Antes había asistido a la inauguración del Festival Internacional de las Artes Julio Torri, digno por su cartelera y meritorio por las condiciones financiera que lo enmarcaron—. —“Le decimos ‘el travieso’,tiene síndrome Down. Se llama Francisco Manuel y le gustan las películas de Disney: “El Rey León”, “Los Increíbles”, “Bambi”.
En Saltillo y Torreónalgunas veces me traslado en taxi. Los choferes con quienes platico son buenas personas, como Francisco, que trabaja jornadas extenuantes para brindarle a su familia lo mejor en sus circunstancias. En la charla no hay signos de amargura, ni de agotamiento siquiera. Él está en lo suyo, que es servir. Si con igual dedicación lo hicieran quienes ejercen el poder —desde una ventanilla hasta el puesto más encumbrado—, México sería menos injusto y desigual.
Meses atrás, en Torreón, tomé un taxi en la Plaza Cuatro Caminos. Pronto percibí el nerviosismodel chofer. Poco después de la bajada de bandera, me preguntó cómo llegar al lugar solicitado. —¿Es nuevo en este oficio o viene de fuera? —De Piedras Negras. —¿Y qué lo trae por acá? —Las inundaciones. Perdí todo y unos parientes nos recibieron a mi familia y a mí en su casa de Gómez Palacio. (En junio pasado, una tempestad anegó varias colonias de la frontera).
La angustia del taxistaera tal que se pasó un rojo y al hacerlo estuvo a punto de impactar con un motociclista que, para colmo de males, era agente de tránsito. —¿Qué hago? —preguntó—. —Deténgase. En este coche no podemos llegar muy lejos.
—Por poco me atropella —dijo el agente, sin aspavientos, y enseguida le pidió la licencia para infraccionarlo. —No tengo. Acabo de llegar a Torreón y el taxi no es mío —replicó el chofer—. —Pues al corralón, sin remedio.
Entonces intervine. Le expliqué la situación y después de algunos reparos, el policía cedió. —Ponga en orden sus papales y para la otra preste atención.
Después del susto, lo que más apremiaba al taxista era un colchón para sus hijos, uno de los cuales también tiene Síndrome Down. —Es muy inquieto, duermeen el suelo sobre un cartón y amanece lastimado —dice, pensativo. Al día siguiente, ya teníaun par de colchones. Los recogió en la Alameda Zaragoza, frente a la Fuente del Pensador pintada de rojo por algún político oficioso que supone que eso genera votos. La sociedad protestó y el municipio le cambió el color.
Encontrar gente como Francisco y el chofer de Piedras Negras, cuyo nombre no recuerdo ahora, levanta la moral, enciende el ánimo. De ninguno escuché un lamento, una crítica, ¡ni contra el gobierno! Están conscientes de su condición y la asumen con dignidad. Sorprende encontrar personas con su espíritu, no porque no las haya —al contrario, abundan—, sino porque hoy todo el mundo se queja de todo. Existe nostalgia por lo que no se tiene y aun por lo que, en el otro extremo, se posee en abundancia.Sin embargo, no se valoran ni agradecenotro tipo riquezas, las que en realidad brindan amor,paz y felicidad.Las bendiciones de cada día.
Si México fuera un país menos corrupto sería más justo y el dinero que el gobierno recauda alcanzaría para más escuelas, hospitales, seguridad y protección social. Los políticos deberían asomarse de vez en cuando al mundo real para entender el mal que causan cuando roban.

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