Capitolio

Heroicidad ciudadana


Pagar impuestos es en México un acto heroico. Primero, porque a los contribuyentes sin influencias —personas y empresas— se les exprime cada vez más sin nada a cambio. Existen otras consideraciones como el hecho de que la recaudación recae sobre una minoría cautiva e indefensa en la mayoría de los casos; y el desconocimiento del destino que se da a esos recursos, debido a la falta de transparencia y al exceso de voracidad de los políticos que ostentan relojes de más de trescientos mil pesos y maleducan a sus júniores en la cultura de vivir del trabajo de los otros, es decir del presupuesto.

Para más inri, los trámites para tributar se enredan y endurecen año tras año, como si de perseguir delincuentes se tratara cuando quienes en realidad lo son viven de sus rentas, sin apremio y sin que nadie los incomode. Esto invita a la corrupción, la evasión y la economía informal. La burocracia es una de las siete plagas modernas y debería ser declarada por la Iglesia, entre los pecados sociales, uno de los capitales. El paquetazo fiscal no es otra cosa que el deseo del gobierno de acabar con los pobres por inanición y de reponerlos con las legiones de una clase media en extinción a través del terrorismo fiscal. Eso no es todo. Insatisfechos con subir impuestos y crear nuevos gravámenes contra todo lo que se mueve y lo que no también, los gobiernos se endeudan e incurren en déficits. Gracias a Humberto Moreira, Coahuila es referencia nacional y mundial también en prácticas de alquimia —no solo política—, pues desaparecer decenas de miles de millones de pesos en un abrir y cerrar de ojos requiere aplicación y altas dosis de cinismo. Donde reina la impunidad, todo se puede. Pagar impuestos, de por sí odioso —más cuando se recibe poco o nada a cambio, en lugar de obras y servicios a buen precio, durables y de buena calidad, sin mordidas ni simulaciones en la asignación de contratos—, se convierte en violación de los derechos humanos cuando se obliga al causante a formar dobles y triples files bajo el sol, la lluvia, el frío, sin atenciones de ninguna especie. A esperar horas sin sanitarios ni equipo suficiente para hacer el martirio menos cruel.

Por eso resulta heroico —y a veces masoquista— pagar impuestos en México, en Coahuila y en cualquier estado y municipio. El causante deber ser tratado con respeto y con esmero. Ayer compartí la experiencia con cientos de personas que acudieron a renovar sus licencias. Después de hacer fila temprano en dos ventanillas y de esperar pacientemente la reparación de una copiadora sin la cual el mundo se detuvo, a las dos horas y media desistí y regresé al trabajo. Más tarde expuse mi caso y fui atendido, pero ¿cuántos tuvieron que esperar? Había gente mayor, incluso en silla de ruedas. Además de heroico, pagar impuestos es un acto de confianza invaluable. Frente al módulo de licencias de Saltillo, una obra en proceso —el drenaje pluvial Abasolo-Lafragua— da cuenta de que el dinero de los contribuyentes también se invierte en construir ciudades más eficientes y habitables. Valdría la pena que funcionarios de mayor rango, el gobernador Rubén Moreira incluso, de vez en cuando saludaran a las personas que hacen fila para cumplir con sus obligaciones fiscales. Podrían hacerlo de incógnitos o por sorpresa. Ganarían mucho. De paso, conocerían los apuros de quienes tienen la ingrata tarea de cobrar impuestos.

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