Capitolio

Héroes y villanos

Los pueblos necesitan héroes que los inspiren, líderes que los guíen, principios que los eleven y villanos que les recuerden el mal que pueden causar cuando las sociedades se abandonan y ceden al embrujo de los embaucadores. Cada categoría marca al sujeto, y mudar el juicio de la historia y la condena pública deviene en imposible. A los líderes se les perdonan episodios cuestionables de su vida por haber rectificado; a los villanos, jamás.
Es lo que sucede con el ex presidente Carlos Salinas y muchas figuras del espectro político nacional: cada vez que tratan de lavar su imagen terminan de nuevo en las alcantarillas. Salinas se ostentó como priista —y aún lo hace—, pero ¿acaso lo era? Su imposición como candidato provocó la última gran escisión en el partido fundado por Plutarco Elías Calles en 1929. Ahora podría estar otra en gestación por las reformas que acabarán de desnaturalizarlo y por el apoderamiento de la Presidencia por un grupo con sueños imperiales. Salinas jamás convencerá a los mexicanos de que las elecciones de 1988, que lo instalaron en Los Pinos, fueron limpias. Se trató, por el contrario, del fraude más vergonzoso de la segunda mitad del siglo XX al que siguió, por fortuna, una especie de despertar ciudadano que sentó nuevos cimientos para la alternancia. La unificación de las izquierdas en el PRD significó la apertura de una nueva opción electoral, una suerte de tercera vía, que si no cuajó fue por las pugnas insuperables de esa ala política. Ahora las expectativas se centran en el Movimiento de Regeneración Nacional de Andrés Manuel López Obrador.
El asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, del candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio, del secretario general de esa organización, José Francisco Ruiz Massieu, y de cientos de activistas de izquierdas; el encarcelamiento de Raúl Salinas de Gortari por la presunta autoría intelectual del crimen de Ruiz Massieu (ex cuñado del clan) y el alzamiento del EZLN; la crisis económica de finales de 1994 que puso al país al borde de la quiebra, la corrupción sexenal —denunciada tardíamente por el ex presidente Miguel de la Madrid—, la privatización de paraestatales y de bancos entre compadres y el envilecimiento de la política convirtieron a Carlos Salinas en el villano favorito de los mexicanos.
El odio de Salinas por su sucesor, Ernesto Zedillo, es explicable. En la memoria colectiva, uno es el infame y otro el estadista. Más que por haber puesto tras las rejas a su cómplice y hermano Raúl, lo que Salinas no perdona es que Zedillo lo haya superado y sea el líder que salvó al país de la ruina financiera, fincó las bases de una economía responsable —que Fox y Calderón siguieron a pie juntillas— y posibilitó la alternancia con la autonomía del IFE y la sana distancia con el PRI que ahora vuelve a convertirse en insana cercanía.
Los méritos de políticos como Salinas los eclipsan sus excesos y basta que asomen la cabeza, ávidos de reflectores y reconocimiento, para que la sociedad los recuerde por lo que son: villanos. Lo mismo pasa con el ex gobernador Humberto Moreira. Al victimismo por una presunta persecución del presidente Calderón siguió la entrega —en una garita de Texas— de su cerebro financiero, Javier Villarreal Hernández, coautor de la megadeuda de Coahuila. El gobierno de Estados Unidos lo acusa por los delitos de lavado de dinero, narcotráfico y fraude financiero… más los que se acumulen.


gerardo.espacio4@gmail.com/@espacio4mx