Capitolio

Gobernar en la tormenta

En un contexto nacional inédito por la concurrencia de crisis, el gobernador Rubén Moreira rendirá mañana su tercer informe. Los sucesos de Tlatlaya, Ayotzinapa y la “Casa Blanca”, aunados a la reacción de la prensa internacional, el deterioro de la economía y la movilización de sectores sociales y políticos contra el presidente Peña Nieto, algunos de los cuales piden su separación del cargo, obligan a los gobiernos locales de todos los partidos a resolver sus propios problemas para evitar su propagación a otras regiones, mayor tensión en Los Pinos y juicios severos en el exterior como los del presidente de Uruguay, José Mujica.Por haber faltado los gobernadores a sus obligaciones mínimas, sobre todo en los sexenios de Vicente Fox y Felipe Calderón, el país está de cabeza. Hoy mismo, la mayoría de los mandatarios locales son reprobados en las evaluaciones del Ejército, Gobernación y la Presidencia; pocos están a la altura de las circunstancias y aún así algunos sueñan con suceder a Peña. Mejor deberían preocuparse por no ser defenestrados o procesados por negligentes, corruptos y por sus vínculos criminales.Rubén Moreira ha lidiado con una deuda monumental, herencia de su predecesor y hermano Humberto. Además, tiene encima la presión de ciudadanos y partidos para aclarar el destino de más de treinta y seis mil millones de pesos contratados sin autorización del Congreso y ejercidos discrecionalmente en el sexenio anterior. Las demandas de justicia no cesarán hastano ver en la cárcel a los responsables del quebranto. Javier Villarreal Hernández, ex director del SATEC, preso en Estados Unidos por lavado de dinero, es una pieza importante, mas no la principal. Eso todo el mundo lo sabe.En la administración del mitómano, no solo el manejo financiero fue desaseado y caótico. Cuando Rubén Moreira asumió el poder, el 1 de diciembre de 2011, se abrió la caja de Pandora: inseguridad, violencia callejera, desapariciones forzadas, muertos en Allende, ausencia de Estado de derecho, impunidad, sistema de pensiones al borde del colapso, descrédito institucional y deudas ocultas con proveedores y contratistas por varios miles de millones de pesos más.Sobre esas ruinas, Moreira empezó a construir un gobierno cuya diferencia con el de su hermano es el orden, la transparencia, la rendición de cuentas, la atención a las familias de los desaparecidos y el respeto a los derechos humanos. Para colmo, batalla con un cáncer de próstata, el cual ha dado pábulo a sus malquerientes para acortar su sexenio a la mitad. La tormenta perfecta que ninguno de sus antecesores pudo imaginar siquiera y cuyas condiciones fueron creadas por la ambición de uno solo: Humberto Moreira. Hoy, el presidente Peña afronta su propia tempestad, cuando al principio de la administración el horizonte parecía menos oscuro y desgarrador.En su comparecencia ante el Congreso, el gobernador deberá asumir compromisos puntuales, derivados del plan presidencial para responder —esta vez con resultados— a una sociedad cuya paciencia se agotó y ahora protesta en las calles contra autoridades soberbias e incompetentes, agobiadapor décadas de engaño, corrupción e impunidad. El mensaje en Palacio Nacional es incontrovertible: en lo sucesivo, la ciudadanía marcará la agenda. Gobernador o alcalde que no lo entienda así, ya puede hacer la maleta. 


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