Capitolio

Futuro imposible

En la columna del 29 de septiembre (“IPN: la otra agenda”) escribí: “El gobierno no le teme a los empresarios, a las oposiciones, a la sociedad, y ya se ha visto, ni a los medios de comunicación críticos, pero sí a los estudiantes, sobre todo cuando toman las calles”. Arturo Pérez-Reverte, periodista y escritor español, observa: “Sin miedo, todo poder se vuelve tiranía”. Es importante que sean los jóvenes quienes confronten al Estado e inhiban sutalante autoritario.El conflicto en el Instituto Politécnico Nacional, aún sin resolver, pasó a segundo plano por la magnitud de los sucesos en Iguala, donde la policía asesinó a tres civiles, tres estudiantesy desapareció a cuarenta y tres alumnos de la Escuela Normal de Ayotzinapa, por órdenes del alcalde, según la PGR. La posibilidad de localizarlos con vida es inversamente proporcional al estupor nacional y al escándalo internacional por la barbarie y la colusión de autoridades con el crimen organizado. Partidos y gobiernos protegieron durante décadas a delincuentes y ahora los asusta el monstruo.Frente a injusticias seculares y un Estado paralizado e incapaz de ofrecer respuestas convincentes, era previsible que los estudiantes incorporaran a su agenda temas políticos y sociales y sumaran adhesiones alrededor el mundo. La violencia contra los normalistas y la corrupción e incompetencia de las autoridades, no solo de Guerrero, detonaron el mayor movimiento de protesta nacional, para el cual el gobierno del presidente Peña no estaba preparado, pues como el de Carlos Salinas con el TLC, lanzaba cohetes para celebrar reformas ajenas al pueblo, cuando no abiertamente contrarias a sus intereses, como la fiscal y la energética.Universitarios y normalistas saben que el futuro es imposibleen un paísdonde la riqueza se concentra en pocas manos, la pobreza avanza a zancadas, la corrupción se premia en vez de castigarse, la ilegalidad ofrece“éxito” y acceso a las altas esferas políticas, los contratosse reservan para los compadres del grupo en el poder y las oportunidades no las brindan los méritos ni las capacidades, sino las influencias. El movimiento de Ayotzinapa tiene mayor alcance que el del 68, pues es nacional, apela a la conciencia y propone la sustitución del modelo actual por uno justo para todos, en un marco de libertad y respeto a los derechos humanos.Si el gobierno federal ha tardado en replicar a las demandas de la sociedad, expresadas por alumnos de instituciones públicas y privadas, no es por falta de voluntad, sino porque carece de respuestas. Pudo empezar a prepararlas cuando el movimiento #YoSoy132 dio el primer aviso de efervescencia juvenil, pero no lo hizo ni después de las protestas del día de la toma de posesión de Peña Nieto. Quizá juzgó, erróneamente, que se trataba de un exabrupto y no de una tendencia social de consecuencias insospechadas todavía.El presidente apostó su escaso capital político —ganó apenas con el 38.2 por ciento de los votos— por un conjunto de reformas cuyo resultado es aún incierto. Dela fiscal no existe duda: el fiasco afectó el consumo, la inversión, el empleo y a millones de familias. Exacerbó al país, en una palabra. El pacto no debió ser con los partidos, a cual más desprestigiado, sino con la sociedad, a través de un mecanismo de consulta nacional. México habría ganado más y quizá hoy la gente no protestaría en las calles. 



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