Capitolio

Éxitos imaginarios

Enrique Peña y sus estrategas no llegaron al extremo de decir que resolverían la crisis de inseguridad en quince minutos —como Fox dijo del conflicto armado en Chiapas—, pero hicieron creer que México recobraría la paz en poco tiempo. Por la experiencia del PRI para gobernar, según Sócrates Rizzodeclaró en Saltillo en un acto de sinceridad o desvergüenza. Están por cumplirse quince meses de la administración y el tema es el mismo dentro y fuera: la violencia. Incluso antes de que el país pasara a otro estadio, cayó el comisionado Nacional de Seguridad, Manuel Mondragón, una de las figuras más confiables del gabinete presidencial.


Felipe Calderón fue criticado en algunos círculos, entre muchos otros desatinos, por no haber preparado un candidato que le diera al PAN la posibilidad de un tercer mandato. Juan Camilo Mouriño era el proyecto, pero su muerte, en un accidente aéreo harto sospechoso, como el asesinato de Luis Donaldo Colosio, cambió la historia. Además Acción Nacional hizo muy poco para continuar en el poder. En el mismo plano, la críticaahora es que el presidente Peña va apenas por su primer tercio y ya el futurismo se encuentra desatado. Gobernar con un ojo en las responsabilidades y otro en el calendario electoral lejos de resolver los problemas los agrava.


Negar avances en seguridad —todavía insuficientes— sería tanto como desmentir que después del día sigue la noche. Ya no se ven balaceras callejeras a cualquier hora del día y de la noche y en los lugares menos pensados. Sin embargo, frente a la reducción en la tasa de homicidios, delitos como el secuestro, la extorsión y los asaltos se disparan. Por ser éstos los que más agravian a una sociedad expuesta a la ola criminal y a autoridades incapaces y muchas veces corruptas, el ánimo empeora y la presión sobre el gobierno aumenta.


El fenómeno se dejó crecer de propósito en los estados, sobre todo en los doce años de gobiernos panistas los cuales concurrieron con una moral púbica y privada en crisis. La mayoría de los gobernadores no solo permitió a la delincuencia actuar a sus anchas, relacionarse con el poder y ganar espacios: también se asoció con distintos carteles. Michoacán es una muestra de lo ocurrido a escala nacional. La intención era decirle al país que el PAN no sabía gobernar —lo cual es cierto en muchos sentidos— y crear un ambiente favorable al PRI. Hoy se pagan los costos: al no poder ofrecer soluciones inmediatas a problemas que no los tienen, el gobierno del presidente Peña vuelve al punto de partida, pero ahora también existen las autodefensas.


El escenario se complica porque según transcurre el tiempo —y el sexenio— la ciudadanía se impacienta y busca salidas no siempreafortunadas.Pasó en Colombia, donde los paramilitares devinieron en fuentes de terrorismo y narcotráfico según cuenta en sus memorias “No hay causa perdida” el presidente Álvaro Uribe, quien enfrentó la iracundia de Hugo Chávez con el valor que ningún jefe de estado de América Latina ha tenido para plantar cara a otro pirómano político como es Nicolás Maduro. Si el fenómeno de la inseguridad fuera compensado con buenos resultados económicos, la gente podría soportarlo de mejor manera. Mas si a la violencia se le agrega otro tipo de rudeza —alza de impuestos, persecución fiscal, carestía, desempleo, deterioro del salario y, para colmo, corrupción e impunidad—, no quiera el gobierno ver a la ciudadanía celebrar éxitos imaginarios.


gerardo.espacio4@gmail.com/@espacio4mx