Capitolio

Esperar lo inesperado

“Nadie cose un remiendo de tela nueva a un vestido viejo, porque lo añadido hará encoger el vestido, lo nuevo hará encoger lo viejo, y el desgarrón se hará mayor. Y nadie guarda vino nuevo en odres viejos, porque el vino hará reventar los odres, y se perderán vino y odres. A vino nuevo, odres nuevos”. (Marcos 2:21-22). Las sentencias de Jesús tienen también aplicación en el México de hoy. La tela y el vino nuevos son las reformas energética, fiscal, educativa y de telecomunicaciones; el vestido y los odres viejos son las instituciones y el estado de derecho.Los cambios constitucionales para actualizarla estructura normativa del país y hacerla competitivase habían pospuesto tanto tiempo y eran tan necesarios, que al final ganó la prisa, el voluntarismo incluso. Sin consultar a nadie más que a los partidos, es decir, a nadie, pues la ciudadanía es con quien menos se identifica, se emprendieron reformas de gran calado en tiempo récord. Era el “momento mexicano”, la horade echar las campanas al vuelo. México, el presidente Peña Nieto y algunos funcionarios empezaron a figurar en medios de comunicación del mundo. El país bárbaro, el de las matanzas de Felipe Calderón, había desaparecido por arte de birlibirloque.En el México cerrado de antaño, el ardid funcionaba o tardaba tiempo en descubrirse, mas no ahora. Nuestro país dejó de ser una isla, un territorio amurallado con ideología nacionalista y revolucionaria, recubierta de populismo y demagogia. Hoy forma parte de un mundo que lo vigila y le exige democracia real, no simulada; respeto a los derechos humanos, a la libertad de expresión y al libre mercado. Un acercamiento a las relaciones internacionales y a las presiones e intereses que las rigen lo brinda Hillary Rodham Clinton en su libro “Decisiones difíciles”, en el cual dedica solo unas cuantas líneas a México.Luego de una de sus visitas a nuestro país como secretaria de Estado —en el primer periodo del presidente Barack Obama—, Hillary Clinton declaró que en México había insurgencia. La violencia en la frontera y en las ciudades corroboraban los informesde la embajada. ¡Blasfemia! La condena del gobierno de Felipe Calderón, por los cauces políticos y diplomáticos, fue inmediata y la funcionaria matizó el discurso. Pero los levantamientos, lejos de desaparecer, se expandieron y ahora ya no solo es la delincuencia organizada, sino los estudiantes y otros grupos sociales quienes se rebelan contra la autoridad.La exsenadora por Nueva York y aspirante a la presidencia de Estados Unidos recuerda en su libro un consejo de Margaret Thatcher, primera ministra del Reino Unido, al ahora primer ministro de Israel, Benjamín Netanyauh, sobre las vueltas que de la vida: “Siempre espera lo inesperado”. La reflexión, aplicada en ese tiempo a una experiencia electoral fallida, también se aplica en otros campos. En México, por ejemplo, es útil para las reformas. El presidente Peña esperaba un afecto positivo y prolongado, por la trascendencia de los cambios y el capital político en juego.Sin embargo, la premura para lograr las reformas, su presentación como la panacea universal,su falta de vinculación con la ciudadanía y las masacres de de Tlatlaya e Iguala, acabaron con la ilusiónbruscamente. Y como Sísifo, a empezar de nuevo. Todo por guardar vino nuevo en odres viejos. De haber empezado por la reforma del Estado, para crear un nuevo orden institucional, las demás habrían llegado por añadidura. 



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