Capitolio

Don Braulio Fernández


La muerte de don Braulio Fernández Aguirre representa el fin de un ciclo biológico, que políticamente cerró al dejar de ser gobernador en 1969. Uno de sus ejemplos es que la adversidad no es derrota. Quien se vence ante el primer fracaso lo hará siempre. En su caso, haber sido defenestrado de su primera alcaldía, en el gobierno de Ignacio Cepeda Dávila, fue un acicate. Regresó para volver a ser presidente de Torreón, diputado y gobernador. Después, senador y director de la Comisión Nacional de Zonas Áridas, cuando la Constitución permitía desempeñar cargos de dos poderes distintos al mismo tiempo.

En la sucesión de 1963, el amigo del presidente —condición para ser candidato y gobernador en automático— no era él, pero su trayectoria lo acreditaba y las circunstancias jugaban a su favor. Adolfo López Mateos había pensado en Rómulo Sánchez Mireles para sustituir al general Raúl Madero González. “El Colorado”, como se conocía a Sánchez, declinó la candidatura con un argumento irrebatible: no tenía arraigo en el estado. Enseguida habría venido la recomendación por don Braulio, entonces diputado federal.

Los demás aspirantes no eran de paja: Federico Berrueto, Florencio Barrera, el general Cárdenas Rodríguez y Eulalio Gutiérrez. Don Braulio, el último gobernador fraguado en la Comarca Lagunera, empezó por conciliar y poner orden. El general Madero había terminado en medio de conflictos con el magisterio derivados de la fragilidad financiera del estado y el caos en los municipios que no entregaban impuestos a la Tesorería y negociaban con el agua.

Fernández Aguirre organizó en sus primeros años una administración virtualmente en quiebra. Revisaba el gasto peso por peso y amonestaba a quienes lo excedían incluso en teléfono y enseres. Una vez con los hilos políticos y presupuestarios bajo control, la siguiente parte del sexenio la dedicó a la obra pública. Puso énfasis en la construcción de edificios para la Universidad de Coahuila. También dotó de recinto propio al Poder Judicial. Formador de nuevos cuadros, con don Braulio llegó un grupo de jóvenes laguneros a quienes los políticos de Saltillo bautizaron como “Los jinetes del apocalipsis”. Entre otros, lo formaban Fernando Roque Villanueva, Rodolfo Veloz, Carlos Ortiz Tejeda y Víctor González Avelar, quien protagonizó una escaramuza, que adquirió ribetes de leyenda, con Rómulo “Molo” Moreira, recién fallecido, a la sazón colaborador de Gutiérrez Treviño.

El gobierno de don Braulio fue recto y exitoso; y él, un gobernador querido por su autenticidad y por su obra. Para serlo, no necesitó de la propaganda sobre la cual hoy descansa la popularidad —efímera, como cera en calderilla, recuerda Víctor Hugo—. Con su muerte, se pierde la principal referencia política de La Laguna. Sus hijos Braulio Manuel y Héctor, en ese aspecto, no lo son.

Don Braulio ejerció otras de las virtudes exaltadas por Leduc: a tiempo amó a su esposa Lucía, compañera de toda la vida —“ella estuvo conmigo en los momentos difíciles y ahora me toca a mí corresponderle”, me dijo como disculpa por no asistir a uno de los desayunos de “Espacio 4”— y a tiempo se desató de la política, sin nostalgia; y si llegó a sentirla, no la tradujo en amargura. En La Laguna no se ha vuelto a formar un líder de su estatura. Su memoria merece respeto, porque hay aprendices de brujo, oportunistas, que aprovechan coincidencias de apellido para lucrar.

 gerardo.espacio4@gmail.com/@espacio4mx