Capitolio

División de poderes

La alternancia en Los Pinos dotó a los diputados y senadores, sobre todo del PRI, del peso político que jamás tuvieron en el sistema presidencial sin contrapesos. Sin embargo, esa fuerza no la pusieron al servicio del país, sino de intereses propios y de sus partidos. El PRI perdió el control de la Cámara de Diputados en las elecciones intermedias de Ernesto Zedillo (1997), pero con Vicente Fox se inauguró la etapa en la que el presidente proponía y el Congreso disponía.


Doce años después, y aun sin mayoría en ambas cámaras, Enrique Peña vuelve al presidencialismo centralista que propone y dispone al mismo tiempo. La llave para lograrlo se la dio el Pacto por México, firmado por el PRI, el PAN y el PRD al principio de su gobierno. Las fracciones parlamentarias acusaron el golpe, pues el acuerdo las relegó a un segundo plano. El Pacto naufragó después de las reformas, cuyas leyes secundarias dependen ahora de los diputados y los senadores.
A diferencia de las legislaturas locales, sometidas a los gobernadores —en detrimento de la democracia y de los propios estados, por los abusos del poder—, en el Congreso federal existe equilibrio entre las principales fuerzas políticas. Esta situación le permite al PAN y al PRD avanzar sus agendas, modificar iniciativas presidenciales y poner su sello en las reformas.


Pese al decepcionante desempeño del Congreso de la Unión, una de las instituciones peor calificadas del país, en las tres últimas elecciones generales la ciudadanía votó por gobiernos divididos: desde Fox, los presidentes no han tenido mayoría en ninguna de las cámaras. El hecho dificulta los acuerdos, pero ata al presidente y lo fuerza a negociar con las oposiciones. De ahí el origen del Pacto por México. En ese contexto, los congresos cobran relevancia y los ciudadanos empiezan a tomar interés por la elección de diputados locales. Una manera de sujetarle las manos también a los gobernadores es con legislaturas no sólo plurales, sino que sirvan de contrapeso real y no sean solo figurantes o comparsas. Es lo que en Coahuila se reprocha a la anterior legislatura y a la actual, por la deuda superior a los treinta y seis mil millones de pesos que el ex gobernador Humberto Moreira adquirió sin informar al Congreso ni a la sociedad.


Precisamente por los efectos que un Congreso dócil al gobierno puede causarle al estado, empieza a ponderarse el papel de los diputados; ya se exige que sean auténticos representantes populares, no de sus partidos. En el pasado, las elecciones de legisladores (locales y federales) carecían de interés y estaban condenadas al desaire ciudadano. Se las llamaba “huérfanas” por no acompañarse de otros cargos (presidente, gobernador o alcaldes) cuyo atractivo es que ejercen presupuesto, manejan nóminas y asignan contratos de obras y servicios.


Conforme aumenta la presión ciudadana por Congresos que sirvan de equilibrio, la cobertura de los medios de comunicación es mayor, incluso de los procesos partidistas para nombrar candidatos; antes era casi nula. El 6 de julio habrá elecciones solo en dos estados: en Coahuila  serán para renovar el Congreso; y en Colima, donde también se votará para presidentes municipales. Los procesos serán altamente competidosen ambos casos, lo cual es bueno para la democracia.


gerardo.espacio4@gmail.com/@espacio4mx