Capitolio

Despertar en el infierno

Cuenta un viejo chiste que dos amigos discutían sobre las libertades políticas en sus países, mientras paseaban en Washington por la calle Pennsylvania. El estadounidense aseguró poder plantarse frente a la Casa Blanca, lanzar consignas contra el presidente, pedir su renuncia y enseguida marcharse sin ser molestado. El mexicano podía hacer lo mismo—replicó—, y para demostrarlo pidió a su colega acompañarlo… a la Casa Blanca. En esos tiempos, como ahora, ningún ciudadano común podía acercarse a las puertas de Los Pinos. A diferencia de los setenta y los ochenta, cuando escuché el cuento, hoy la renuncia del presidente se exige, incluso a gritos. Nada extraño en la democracia.La demanda resuena en las calles, en las plazas y hasta en el Congreso, pero es en las redes sociales donde más se incordia y hace mofa de la otrora intocable figura presidencial y de su esposa. No de balde, pues con Vicente Fox y Marta Sahagún volvió a perderse la compostura. Lo mismo ocurrió en el pasado con López Portillo —hombre culto y lector asiduo, aunque frívolo— y la exuberante Carmen Romano. La extravagancia de la primera dama le dio la vuelta al mundo, como  ahora sucede con la Casa Blanca de Angélica Rivera, para más inri de México.Cuauhtémoc Cárdenas no es el primero en solicitar la separación del líder de su partido, Carlos Navarrete. En su caso, para evitar la extinción del PRD, cuyas luces se tornaron en tinieblas para la democracia. En 2011, el ex gobernador de Veracruz, Miguel Alemán Velasco, demandó la renuncia de Humberto Moreira como presidente del PRI, por el escándalo de la deuda superior a los treinta y seis mil millones de pesos que jamás pudo explicar, y sus efectos negativos en la campaña de Peña Nieto. El candidato presidencial y su equipo tomaron nota, y Moreira pasó al ostracismo, del cual nunca saldrá.¿Quién en el PRI, con la autoridad moral del hijo de don Lázaro o la influencia de Alemán, cuyo padre también fue presidente —con el mismo tufo autoritario y la proclividad para los negocios entre compadres que el actual—, puede atreverse a sugerir la dimisión Peña Nieto para salvar al país? Nadie, pues los viejos sabios del partido fundado por Plutarco Elías Calles ya murieron o fueron marginados, y los líderes del siglo XXI, representados por Humberto Moreira, son producto de la mercadotecnia y resultaron peor de corruptos; imitadores de Carlos Salinas de Gortari, no émulos de Jesús Reyes Heroles.Salinas, por lo menos, tuvo el acierto de llamar a un lobo de mar, Fernando Gutiérrez Barrios, para ocupar  Gobernación después de los comicios fraudulentos de 1988, los cuales lo instalaron en Los Pinos. El gobierno necesitaba un perfil como el de Gutiérrez para calmar los ánimos y mantener a raya a los grupos políticos y a los gobernadores del PRI, de los cuales Salinas se deshizo poco a poco, hasta completar diecisiete; no para depurar el sistema, sino por  venganza.Peña Nieto, en cambio, se rodeó en su mayoría de mediocres. En Gobernación, Osorio Chong se achica más cada día. Su máxima altura la alcanzó cuando subió a una tarima para escuchar el pliego petitorio de los estudiantes del IPN. Días más tarde, la velación de la señora Margarita Santizo frente a Bucareli, en protesta por el desdén de las autoridades para investigar la desaparición de su hijo Esteban Morales, agente de la Policía Federal, en Michoacán, hace cinco años, interrumpió su sueño presidencial y lo despertó en el infierno. 


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