Capitolio

Deshonra nacional

Supongamos que los padres de los normalistas de Ayotzinapa desaparecidos son manipulados por fuerzas extrañas, como asegura el secretario de Marina, Vidal Soberón. Pues que vergüenza (en la cuarta acepción del término: “deshonra, deshonor”, DRAE) para el Estado mexicano, en particular para las fuerzas armadas y todos los órganos de inteligencia (¿?),que grupos sin su estructura ni recursos los hayan puesto en jaque en unas cuantas semanas. El almirante debe guardar su enojoo reorientarlo hacia el verdadero responsable de la crisis: el Estado mismo. El mérito de Ayotzinapa consiste en haber despertado y unificado al país, cosa que la alternancia de 2000, la violencia del sexenio de Felipe Calderón y las reformas triunfalistas de Peña Nieto no lograron. El efecto por la desaparición de normalistas es devastador e irreparable para el gobierno federal en términos de credibilidad e imagen. Millones se han movilizado en México y el extranjero en demanda de justicia,no solo para los cuarenta y tres, sino para todas las víctimas de un sistema cuyas divisas son la corrupción, la impunidad y la complicidad. Puede manipularse la escena de una masacre como sucedió en Tlatlaya, donde militares asesinaron a veintidós presuntos delincuentes ya rendidos, el 30 de junio; desentenderse del asesinato y secuestro de estudiantes en Iguala, el 26 de septiembre; responderse con melodramas casos obvios de tráfico de influencias y conflicto de interés (la “Casa Blanca” de la pareja presidencial); revestirse de legalidad e inocencia operaciones inmobiliarias del actual secretario de Hacienda, Luis Videgaray, con el mismo proveedor del gobierno federal (Higa, del influyente Juan Armando Hinojosa); sesgarse la información de medios de comunicación adictos al poder… ¡Ah!, pero que cuarenta y tres familias —de los jóvenes de Ayotzinapa, y las legiones que comparten su dolor insuperable y suman el suyo o el de otros para generar la mayor corriente de indignación nacional— evadan las trampas del gobierno y rechacen su limosna; que la sociedad diga “hasta aquí” o que investigaciones periodísticas (Aristegui Noticias y Proceso o The Wall Street Journal en Estados Unidos) descubran nuevos casos de corrupción escandalosos, porque entonces los poderosos inventan conjuraciones desestabilizadoras y de desprestigio.Su incapacidad ycodicia nolosinhibe; la protesta social y los medios independientes simplemente los exhibe.Supongamos también que las mismasfuerzas oscuras que manipulan las manifestaciones por Ayotzinapa y otros actos de repudio y resistencia empujaron al estudiante Adán Cortés a irrumpir en la entrega del Nobel de la Paz —“con una bandera, manchada de rojo”, publicó El Mundo de España— para llamar la atención de Malala Yousafzai y del orbe sobre la violencia e impunidad en México; inspiraron a Enrique Krauze a declarar en Madrid que la corrupción y el crimen amenazan la libertad en México, y más tarde a publicar en The New York Times que el presidente Peña debe encarar a la nación, reconocer sus errores y ofrecer “una disculpa al pueblo mexicano”; al presidente de Uruguay, José Mujica, a manifestar que México le parece un estado fallido; a las presidentas de Brasil y Argentina, Dilma Rousseff y Cristina Fernández, a desairar la devaluada Cumbre Iberoamericana celebrada en Veracruz; al vicepresidente de Estados Unidos, John Kerry, a ofrecer ayuda a nuestro país; y a Bill Clinton a pedir a Peña Nietoque sea transparente sobre la “Casa Blanca” de Las Lomas, entonces sí los principales mandos federales deben considerar su permanencia en el cargo. 


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