Capitolio

Desesperanza juvenil

El suicidio forma parte del nuevo perfil epidemiológico del país y merece máxima atención de las autoridades federales y locales; también de las familias, los medios de comunicación y las iglesias. Un informe de la Secretaría de Salud, presentado a la Cámara de Diputados a principios de este año, reveló que el número de víctimas aumentó alrededor de 300 por ciento en las tres últimas décadas. El índice de 4.7 casos por cada cien mil habitantes lo sitúa ya como la segunda causa de mortalidad entre los jóvenes.El problema no ha dejado de escalar, pues frente a los 554 fallecimientos registrados en 1970, en 2007 ocurrieron 4 mil 388 (275% más). En un escenario así, resulta irónico que México sea uno de los países más felices, según la encuesta mundial de evaluación de vida de la ONU. El fenómeno dista mucho de ser nuevo. En los períodos de 1980-1984 y 1995-1999, el suicidio entre la población masculina creció 90.3%. En Japón, Canadá, Estados Unidos y varios países de Europa, la incidencia disminuyó en esos mismos años.En el estudio “Suicidio y conductas suicidas en México: retrospectiva y situación actual”, publicado en 2010, el Instituto Nacional de Salud Pública urgió a “tomar medidas que canalicen casos de ideación al tratamiento y que pacientes con trastornos mentales sean objeto de una evaluación cuidadosa sobre su riesgo suicida”. Exhortación a toda luz inútil, pues dos años después la cifra se incrementó a cinco mil 549 (80.6% hombres y 19.4% mujeres), según datos difundidos el 10 de septiembre con motivo del Día Mundial para la Prevención del Suicidio.En su informe al Congreso, la Secretaría de Salud precisa: “Para los varones jóvenes, la muerte por esta causa en el grupo de 14 a 19 años significa 10.64% del total de los decesos por suicidio; 15.40% en el grupo de 10 a 24 años y de 13.73 en el de 15 a 29. Respecto a las mujeres, en el mismo orden, los porcentajes son 18.11, 17.34 y 12.16”. La mayoría de las víctimas no había cumplido los 30 años. La dependencia reconoce esfuerzos locales por desarrollar programas específicos: en Campeche “Vivetel” y en Durango “Escuela que ama la vida”.En su edición del 7 de enero pasado, la revista México Social calificó el fenómeno como “un duro cuestionamiento social”. Frente a los 47 mil 359 casos registrados por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) entre 2003 y 2012, la edad de quienes atentaron contra su vida y el sentimiento de que “no vale la pena vivir” (dato de la SEP) expresado por uno de cada tres jóvenes, Mario Luis Fuentes, invita a reflexionar “qué estamos haciendo como sociedad, pues estas muertes sin duda constituyen un duro reclamo a lo que hemos construido hasta ahora”.La conducta es más frecuente en las ciudades (77.8%) que en el campo (20.5%). Según el Inegi, los estados con mayores tasas son Yucatán (10.5%), Quintana Roo (10%), Campeche (7.5%) y Baja California Sur (7.1%), por cada cien mil personas. El Instituto Nacional de Salud Pública ubica a Coahuila en el noveno lugar. Con cerca de un millón de casos anuales, el flagelo provoca casi la mitad de los decesos violentos a escala mundial, reporta la OMS. El suicidio llama a los gobiernos no solo a prevenirlo, sino también a atender sus causas más profundas: la infelicidad y la desesperanza de nuestros jóvenes, el sector más vulnerable. 


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