Capitolio

Contextos de gobierno

Cualquier balance de la administración de Rubén Moreira, que inició ayer su tercer año, será incompleto si no se toma en cuenta su contexto y el de los gobiernos precedentes. En diciembre de 2005, su hermano Humberto recibió un estado social, política y financieramente sano de Enrique Martínez. Seis años después, las condiciones eran de crisis y con una deuda que podría exceder los cincuenta mil millones de pesos si se consideran los pasivos ocultos.
“Rubén ignoraba el monto real de la deuda (bancaria). Calculaba que podía ser de ocho mil o diez mil millones de pesos, la cual sería manejable, pero nunca de cuarenta mil millones. Cuando la verdad salió a la luz, se molestó bastante con Humberto. Hoy, con los trescientos millones de pesos mensuales que se pagan de intereses, podría hacer maravillas”, me dice una fuente.
Mas no es solo la cuantía de la deuda y los veinte años que el estado tardará en solventarla el motivo del agravio entre los coahuilenses, sino que una parte se haya contratado de manera fraudulenta, sin que hasta ahora ni uno solo de los funcionarios que participaron en la maquinación esté en la cárcel; y de que, producto de un gobierno rapaz e irresponsable, hayan surgido riquezas inexplicables. Lo más grave es ignorar el destino de los créditos.
En una entrevista con Carlos Marín, para Milenio Televisión, Humberto Moreira, quien para entonces ya se tambaleaba de la dirigencia del PRI por el escándalo de la deuda y sus efectos en la campaña de Enrique Peña, replicaba a sus detractores, con un suplemento en mano: “¡(La deuda) está invertida en obras!”. Ya sin el poder ni el control de antaño, el ex gobernador alucinaba: “Carlos, para ir a Coahuila, no necesitas pasaporte. Si vas a Saltillo, pensarás que estás en Nueva York o San Antonio”. (Las citas son de memoria.)
De ese tamaño era (es) la megalomanía de un profesor que se “preparó” no solo para ser gobernador de Coahuila… ¡sino presidente de México! Cuando Peña empezó a trastabillar y a proyectar el presidente que sería —los tres libros que marcaron su vida y cuyos títulos y autores no recordó, en la Feria del Libro de Guadalajara, y su fuga posterior de la Ibero de la Ciudad de México—, Moreira y sus operadores empezaron a manejarse como el “plan B” del PRI. La soberbia precipitó su ruina política.
Humberto Moreira infiltró el círculo de Peña Nieto sin tener nada en común, excepto lo que identifica a los dispares: ambición de poder. Hasta antes de ser gobernador, Moreira era una figura anodina, sin fortuna ni grupo político local, mucho menos nacional. Peña, en cambio, tuvo desde un principio el padrinazgo y el respaldo del poderoso e influyente grupo Atlacomulco, fundado por Isidro Favela y cuyo último jefe, Carlos Hank González, inspiró la filosofía del nuevo PRI: “un político pobre es un pobre político”.
No es con un catálogo de obras laudatorio, carente de soporte técnico y financiero, como Humberto Moreira podrá justificar la deuda desmesurada, sino con una auditoría externa para conocer la aplicación de casi un cuarto de billón de pesos, correspondiente a los presupuestos del período 2005-2011, créditos bancarios y otras obligaciones ocultas hasta el final de la pasada administración. Si no recurrió desde un principio a ese examen es porque hay gato encerrado.



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