Capitolio

Cabeza de turco

Presentar a Javier Villarreal Hernández como cerebro financiero —versión autóctona de Bernard Madoff— y único responsable de la deuda de Coahuila por más de treinta y seis mil millones de pesos, gestionada con documentos falsos y sin el aval del Congreso, y sugerir que actuó a espaldas de Humberto Moreira y de su interino Jorge Torres, para librarlos de culpa, ofrece un inconveniente: exhibe a quienes lo contrataron y le dieron manga ancha como torpes, ignorantes y profanos en tareas de gobierno elementales.


El linchamiento del ex secretario del Sistema de Administración Tributaria puede convertirlo, para algunos, en víctima de mentes perversas que le dieron libertades para luego lavarse las manos y condenarlo a la hoguera. Villarreal no es un Tomás Moro, contrario a un poder absoluto, sino uno de sus beneficiarios. Por celos o porque en realidad pretendían librar al gobierno y al estado de una figura potencialmente destructiva, dentro de la administración tenía opositores que advirtieron del riesgo de dotarlo de un poder desmesurado. La pregunta es, ¿por qué, a pesar de sus antecedentes, se le entregó el control de las finanzas y facultades para intervenir en todos los asuntos del gobierno donde había dinero? Supongamos, como ahora se pretende hacer creer, que todo lo hizo sin consentimiento del gobernador. ¿Qué no existían órganos de control interno para detectar y denunciar las irregularidades? ¿Por qué la pasividad del Congreso? ¿No ingresaron los créditos a las arcas del estado? Si Villarreal actuó solo, Humberto Moreira y Jorge Torres debieron exigir explicaciones por recursos cuyo origen, en teoría, ignoraban. Lo que hicieron fue gastarlos. ¿En qué? He ahí el misterio.


Basta revisar las redes sociales y los foros de los diarios para advertir que la ciudadana dejó de comulgar con muelas de molino e identifica con facilidad a las cabezas de turco. El descrédito de la justicia mexicana es mayúsculo. El reproche de que el gobierno de Estados Unidos sea el encargado de perseguir y castigar a funcionarios venales está justificado. Es lo que explica la rendición de Javier Villarreal en aquel país y no en el nuestro. Aquí corría peligro. Sabe demasiado como, en su caso, mucho sabía el diputado Manuel Muñoz Rocha sobre el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, ex secretario general del PRI, cuya autoría intelectual se atribuyó a Raúl Salinas de Gortari. Muñoz Rocha —tamaulipeco igual que Villarreal— simplemente se esfumó. Jamás se supo de él, aunque un par de semanas después del crimen de Ruiz Massieu el cónsul de México en San Antonio, Texas, Humberto Hernández Haddad, lo reportó en esa ciudad. Cinco años después, se le declaró desaparecido y en 2009 prescribió la orden de aprehensión en su contra. En cualquier circunstancia, la desaparición de Muñoz favoreció a Salinas de Gortari por tratarse de una pieza clave de la conjuración.


La entrega de Javier Villarreal, acusado de lavado de dinero y malversación de fondos públicos, remite a la deuda de Coahuila y a otros delitos; el de distribución de sustancias prohibidas abre un nuevo filón. El ex jefe del SATEC es una fuente de información apetecible para el gobierno de Estados Unidos. Cuando el presidente Miguel de la Madrid preparaba una gira por Washington, el columnista Jack Anderson publicó que el líder mexicano había depositado ciento sesenta millones de dólares en bancos extranjeros. Villarreal se entregó una semana antes de la visita de Barack Obama a México para asistir a la Cumbre de Líderes de América del Norte.


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