Capitolio

Bullying fiscal

José López Portillo, hasta ahora el único presidente que antes de serlo despachó en Hacienda, resultó un desastre. Además de disparar la deuda y el déficit, su gobierno provocó inflación, devaluaciones, fuga de capitales, corrupción y para rematar estatalizó la banca. “Ya nos saquearon, no nos volverán a saquear”, rabió en su último informe. JLP sucedió a Hugo B. Margáin, quien renunció en 1973. “La deuda externa y la deuda interna tienen un límite. Y ya llegamos al límite”, dijo al despedirse. Luis Echeverría decretó que desde ese momento la economía se manejaría desde Los Pinos y nombró a su amigo secretario, para cederle después la presidencia.Orador vehemente, López Portillo lloró en la tribuna del Congreso cuando pidió perdón a los desposeídos por haberlos hundido aún más en su miseria. En 1976 lo entrevisté en el aeropuerto de Torreón, antes de su destape presidencial. Le pregunté sobre los costos de “echar a andar la máquina de hacer billetes” para enfrentar los compromisos del gobierno y de un presidente lunático como Echeverría. “Esas preguntas no deben hacerse porque dañan al país”, replicó, y dio por terminada la conversación.Abogado sin experiencia económica ni credenciales políticas, López Portillo (PRI) se repetiría más tarde en Vicente Fox (PAN): carismático, elocuente, enamoradizo, frívolo. El primero era un hombre culto; el segundo no, pero tuvo el mérito de haber ganado la presidencia en unas elecciones democráticas. Ambos desaprovecharon su oportunidad histórica. Sin embargo, por falta de contrapesos, López Portillo resultó mucho más nefasto. Fox, simplemente, se aleló.Los sucesores de López Portillo surgieron de la Secretaría de Programación (Miguel de la Madrid y Carlos Salinas) y afianzarona la tecnocracia en el poder. El primero administró la crisis y el segundo, tras una elección fraudulenta, empezó a tambor batiente:sus reformas económicas y el TLC le abrieron al país nuevos horizontes, pero terminó como villano por la corrupción —De la Madrid denunció a los salinas poco antes de su muerte—, los asesinatos políticos y la crisis de 1994 que arruinó al país de nuevo. Salvadas algunas circunstancias, como el periodo del desarrollo estabilizador, comprendido entre los sexenios de Adolfo Ruiz Cortines y Gustavo Díaz Ordaz, y la autonomía del Banco de México, en 1994, el presidente de turno no necesita ser experto en economía para evitarquebrantos. Basta un manejo responsable y un encargado sensato y eficiente de las finanzas nacionales, como los tuvieron Zedillo, Fox y Calderón (Salinas no), para darle al paístranquilidad. Por lo menos, la de contar un secretario de Hacienda atento al presente y al porvenir de millones de mexicanos, noa su futuro político.Luis Videgaray no es, como López Portillo en su tiempo, un secretario improvisado. Tiene doctorado en Economía por el Massachusetts Institute of Technology, el celebérrimo MIT de Cambridge, por el cual han desfilado alrededor de ochenta premios Nobel. Después de unamarcha militar, José Stalin dijo a uno de sus invitados extranjeros: “Esos pocos que van al final son más peligrosos que todo el armamento: son economistas”. El presidente Enrique Peña tiene el suyo y ha resultado, por lo menos, más peligroso que todos los partidos juntos. “No puedes hacer una reforma fiscal con guantes de seda”, habría replicado el dictador de haber sido economista. 


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