Capitolio

Barruntos de tempestad

Anticipar la sucesión más de dos años, con el alcalde Miguel Riquelme como favorito del gobernador Rubén Moreira, tuvo efectos negativos. No disciplinó a los demás aspirantes, y en cambio enrareció el ambiente. Pretendientes con méritos como Jericó Abramo, Hilda Flores, Javier Guerrero, Alejandro Gutiérrez, Enrique Martínez y Román Alberto Cepeda, rechazan la imposición, lo cual podría fracturar al PRI y devenir en rebelión. José María Fraustro esperaría una candidatura concertada.

“No hay plan B”, habría dicho el mandatario estatal a su gabinete. La versión es plausible, pues persisten dudas sobre la viabilidad del proyecto original e hipótesis según las cuales el diputado Jericó Abramo sería, a regañadientes, el as bajo la manga. Armando Luna fue eliminado de la carrera pues, al parecer, también se le investiga en México y Estados Unidos por presuntos nexos con Juan Manuel Muñoz Luévano, “el Mono”, preso en España por blanqueo de dinero y delincuencia organizada.

La declaración atribuida a Moreira evoca a Carlos Salinas, en 1994, también en un clima crispado. El alzamiento del EZLN y la designación de Manuel Camacho como comisionado para la paz debilitaron la candidatura de Colosio y desataron rumores sobre un posible reemplazo. Salinas salió a escena y pronunció las palabras mágicas: “No se hagan bolas, el candidato es Colosio”. Al final no fue ni Colosio ni Camacho, sino un tercero. Zedillo canceló el proyecto transexenal de los Salinas, encarceló a Raúl, y Carlos optó por el exilio.

Cada sucesión responde a lógicas y circunstancias propias. Si la decisión dependiera solo de Rubén Moreira, el candidato sería Riquelme, no sin oposición. El madruguete le funcionó a Humberto Moreira en 2005 por un exceso de confianza y una reacción tardía de Enrique Martínez. El entonces gobernador le permitió a su delfín utilizar la estructura y los recursos de la Secretaría de Educación y la alcaldía de Saltillo para hacerse con la candidatura, mientras frenaba a los demás aspirantes. Moreira capitalizó otra coyuntura: el presidente de la república no era priista.


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