Capitolio

Alternancia frustrada

El ambiente en Torreón no es de entusiasmo, como en Saltillo, por el cambio de gobierno, sino de expectación. En las elecciones de julio pasado, la capital votó por la alternancia, como lo hizo en 1990 por vez primera. La ciudad volvió a decantarse por un candidato profano en política: Isidro López Villarreal, postulado por el PAN. En Torreón existe una especie de resaca por haber deseado la alternancia sin votar para alcanzarla. Un balde de agua fría para el orgullo regional, para los “vencedores del desierto”.
El 7 de julio de 2013, muchas personas se fueron a la cama con la idea de que Chuy de León había ganado. Así lo proyectaban los datos preliminares del Instituto Electoral y de Participación Ciudadana. Incluso medios nacionales incluyeron a Torreón entre las ciudades perdidas por el PRI. No se equivocaron. Sin embargo, faltaba sumarle los votos de otros cuatro partidos que también apoyaron a Riquelme.
El precedente de unas elecciones altamente competidas en Torreón data de 1978. Homero del Bosque (PRI) y Edmundo Gurza (PAN) polarizaron la ciudad. La leyenda dice que ganó el segundo. Ese año terminaron para el PRI los carros llenos. Acción Nacional no pudo acreditar su triunfo, pero el de Monclova resultó inobjetable. El empresario panista Carlos Páez Falcón inauguró las alternancias municipales en Coahuila.
“Con un candidato tan feo”, bromeaba al cabo el gobernador Flores Tapia, “¿cómo queríamos ganar? El nuestro, moreno, sin gracia. El otro, blanquito, ojo azul”. Cuando el secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, presionó para entregar Torreón, por la violencia latente y para no entorpecer la reforma política del presidente José López Portillo, Flores Tapia replicó: “Sí, ya incluso debes tener en el cajón de tu escritorio los nombres de los muertos”. Así me lo contó el gobernador, años más tarde, en la biblioteca de su casa, donde platicábamos una vez por semana.
El triunfo del candidato del PRI en Torreón provocó protestas, manifestaciones callejeras y plantones frente a edificios públicos. Patrullas militares recorrían la ciudad y hacían ejercicios, cosa entonces excepcional. Del Bosque resultó ser un buen alcalde: “es administrador, no político”, ponderaba Flores Tapia. Para que pudiera rendir protesta en el Teatro Isauro Martínez, el Ejército flanqueó la entrada y cercó tres cuadras a la redonda. El gobernador no asistió a la ceremonia.
Un año más tarde (1979), el PRI perdió la diputación federal de Torreón con el panista Juan Antonio García Villa. En 1981, Edmundo Gurza se levantó de su curul para interpelar al presidente López Portillo. “¡Miente! Ni en México ni en Coahuila hay democracia”. (Luis Gurza Jaidar, hijo de aquel ciudadano valiente y ejemplar, renunció al PAN el año pasado. El PRI lo postuló como candidato a regidor de la planilla de Miguel Riquelme.)
Sin embargo, el PAN de entonces era otro. Su congruencia y espíritu democrático y de sacrificio le generaban simpatías, respeto y votos. Bastó que empezara a ganar espacios locales y nacionales —alcaldías, gobiernos estatales y la Presidencia— para que las ambiciones y la corrupción se desbocaran. Algunas figuras daban la impresión de querer recuperar el tiempo perdido. En pocos años se volvieron millonarias. Traficantes de influencias, descubrieron que controlar el partido era la fórmula para conservar el poder. Al final, ni poder ni partido. Hoy, los que pueden, se aferran a los privilegios. Esa es otra de las causas por las cuales en Torreón se frustró la alternancia.


gerardo.espacio4@gmail.com

@espacio4mx