Articulista Invitado

Adiós a un gran mexicano

Guillermo Zambrano Lozano recibió el don de la creatividad y el concepto del honor, de la rectitud, del trabajo.

Inició Metalsa construyendo unos soportes de acero para luminarias de la Ciudad de México y terminó operando 17 avanzadas instalaciones en el mundo, siendo el más grande productor de chasises automotrices.

En 1986, debido al cambio climático que arrasó en su huerta más de 7 mil árboles cítricos (toronjas y naranjas), optó por emigrar al sur de Veracruz y terminó sembrando más de 4 millones de árboles, de insuperable genética, industrializando el fruto para producir y enfriar a cero grados y enviar a todo el mundo, diariamente, 3 millones de litros de jugo en los que no se desperdicia nada al extraer proteínas, solventes químicos, aromatizantes, etcétera.

Pero sin lugar a dudas lo más importante en esos activos fue constituir, al lado de su excelsa esposa doña Estela, una familia ejemplar con más de 100 miembros a quienes les entregaron la más hermosa herencia de sólidos principios y valores, además de dedicación, bonhomía y trabajo.

Estas dos anécdotas de creatividad las multiplicó por 10, pues fue un actor muy importante en otras actividades, como la producción de alimentos, los condimentos, la ganadería, desarrollos urbanos, cría de caballos de fina raza, promoción del deporte hípico, de la educación, del arte.

Participó activamente en el desarrollo del campo de Nuevo León, para lo cual entregó parte de su valioso tiempo como secretario de Desarrollo Agropecuario del Estado.

Nos conocimos en 1956, pues las empresas de su padre eran clientes de mi negocio y visitaba sus instalaciones. Después nos reuníamos a comer casi todos los viernes un grupo de 10 o 12 amigos en lo que era una cita obligada, pues siempre había quórum en el legendario restaurante El Tío. Esto fue por más de 50 años, en la misma mesa.

Convivimos en la primera generación de maestría del IPADE, en donde conocimos al gran maestro Carlos Llano Cifuentes, quien nos honró con su amistad y tuvo una positiva influencia en nuestras vidas. Convivimos con su familia y tuvimos la fortuna de viajar juntos.

En ocasiones invitaba a sus amigos a visitar sus plantas industriales a fin de criticarlas, sin “endulzarle el oído”. En los 200 mil metros cuadrados de Metalsa Monterrey no había una gota de aceite derramado, ni un papel tirado. La única crítica que le expresamos fue que no les permitía descanso ni vacaciones a ninguno de sus 500 robots que realizaban ciertas labores riesgosas que, de practicarlas los trabajadores, pudieran lastimarlos.

El pasado diciembre visitamos los cultivos e instalaciones de Citrifrut, con sus 4 millones de árboles y maquinaria ultramoderna de la General Food Machinery.

Además supo compartir su alegría, pues organizaba alegres convivios y fiestas con excelente música e intérpretes. Armonizaba la guitarra con muy buena voz, y era aficionado a la fiesta brava.

Para quienes le conocimos fue un privilegio contar con su fiel amistad, pues para él, la amistad fue un culto.

Descanse en paz un regiomontano ejemplar, un hombre de bien. Hasta pronto, comandante.