El contrato por Jalisco

Toda acción referida a los

derechos de los otros, que no

soporta ser publicada, es injusta. Kant

Gobernar es la razón de ser de los gobiernos. Los gobiernos que por falta de oficio o frivolidad descuidan su capacidad para tomar las decisiones que le corresponden en el marco de la ley, incumplen con la razón fundamental para la que fueron constituidos: gobernar. La gobernabilidad, en términos muy simples, significa la capacidad que las instituciones de un Estado tienen para ejercer el gobierno.

En las democracias más consolidadas se discute que gobernar democráticamente debería ser mediante un contrato: el político pacta con los ciudadanos y se compromete a gobernarles siguiendo los términos de ese contrato político sellado por una elección. Cuando ese contrato político no se cumple, se pierde la legitimidad y los electores están en su derecho de rescindir el contrato (revocación del mandato). Un gobierno democrático debiera considerar que los medios son tan importantes como los fines que persigue. Precisamente los medios usados para gobernar es lo que distingue a los gobiernos en una democracia: la izquierda y la derecha, reformadores e inactivos, liberales y conservadores.

El ejemplo más tácito de la idea de contrato político entre electores y candidato fue el del líder republicano Newt Gingrich: “El Contrato con América”. Ese novedoso medio para comprometerse con los electores a través de un contrato político público demostró ser todo un éxito electoral e incluso publicitario. Un caso que ha sido imitado rápidamente por diversos candidatos, en distintos países, con excelentes dividendos y resultados electorales. Aunque en nuestra democracia se han presentado muestras reduccionistas de un “contrato político” bajo el membrete de un “pacto ético”, nuestra maduración democrática no llega aún a la estructuración de un plan de gobierno bien elaborado que pueda ser públicamente suscrito con los electores, previo a las votaciones. Un auténtico contrato político debe contener, fundamentalmente, los medios para lograr los fines.

Cuando la mayoría de la sociedad se vuelve apática frente a las organizaciones de la política y no reacciona ni a favor de sus propios intereses, un Estado puede permitir dócilmente el ejercicio de autoridad de quienes incumplen sistemáticamente sus compromisos, acusan una dramática falta de oficio y no siguen ningún principio o programa político. Este gobierno podrá ser estable, tendrá asegurada cierta gobernabilidad, pero no será un buen gobierno. Uno de resultados positivos.

Salvador Giner y Sebastián Sarsa definen al buen gobierno como el que cumple tres objetivos: Eficiencia, efectividad y legitimidad (Giner, Sarsa: 1997). La eficiencia está definida a partir de la relación entre el gobierno y sus acciones (congruencia con el contrato político). La efectividad, entre las acciones y sus consecuencias (medios y fines). La legitimidad, a partir del grado de aceptación de autoridad por parte de la población (confianza en la autoridad).

Los candidatos a formar parte de los poderes públicos podrían considerar que un contrato político -signado públicamente con la sociedad- podría ser el novedoso inicio para la integración de mejor gobierno. La legitimidad de su autoridad podría fundarse en tres aspectos: 1) Fidelidad, respeto a la norma constitucional y las leyes. 2) Fidelidad al propio programa político del partido que lo postula. 3) Congruencia entre los medios (práctica política) y los fines propuestos. La figura del contrato político intentaría materializar el trabajo y la obligación de los políticos, de hacer política, al cumplir con los compromisos que previamente contrajeron con sus electores. Es precisamente en ello donde los modos y maneras de hacer política deben servir para cumplir sus fines.

Si coincidimos que el fin de los gobiernos consiste en elevar la calidad de vida de sus gobernados, a través de la capacidad para gobernar democráticamente, entonces fortalecer el compromiso de quienes aspiran a gobernar, a través de un contrato político suscrito públicamente, podría ser una peculiar forma de superar la discusión de los “qué”, para abordar el siempre eludido razonamiento del “cómo”.

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