En Jalisco el que la hace, no la paga

Anomia fue el término acuñado por el sociólogo francés Émilie Durkheim para señalar una especie de “enfermedad” de la sociedad cuyo síntoma principal es el relajamiento del respeto al deber ser de las cosas y, específicamente, a la trasgresión sistemática de las leyes. La anomia significa el incumplimiento sistemático –sociedad y gobierno– de las reglas que deben normar la convivencia armónica de una sociedad. Durkheim explica que, “la corrupción de los mandos políticos causa el deterioro de los valores ético-sociales en que se sustenta la vida de una sociedad”.

Los ciudadanos que viven en una sociedad con anomia encuentran menos razones para conducirse éticamente si sus gobernantes, y los que integran las instituciones públicas, no aplican los castigos necesarios a quienes flagrantemente –a los ojos de todos- violentan la ley o cometen abiertos actos de corrupción que deliberadamente se dejan de investigar, favoreciendo la impunidad. El 2013 fue el año de la impunidad. Uno que transcurrió sin mayores avances de la Contraloría de Jalisco sobre los muchos casos de corrupción documentados en los medios de comunicación, que no ameritaron investigación alguna por parte de la novel fiscalía.

Hasta ahora queda claro que en Jalisco, el que la hace, no la paga. El robo del siglo denunciado por el titular del Supremo Tribunal de Justicia no dio lugar a ninguna investigación. Más de 14 denuncias presentadas por el ITEI –en tiempos de Jorge Gutiérrez Reynaga– se mantienen congeladas en la fiscalía. Con la omisión se ofrece impunidad a los casos de la Ciudad Judicial, las Villas Panamericanas, “el Disparate”, Arcediano, los juegos Panamericanos, Chalacatepec, la abierta corrupción en la SEDER, en el CAPECE, en las extintas Secretaría de Validad y Transporte, en la Secretaría de Desarrollo Humano, en Administración, en el IPEJAL, en el la ejecución del seguro popular y en los ayuntamientos.

Mantener la anomia, como bien dice Durkheim, podría ocasionar un estado de descomposición social muy peligroso, porque se esfuman los parámetros más elementales del comportamiento social, y las personas -en este caso los partidos y gobierno- terminan por no distinguir lo lícito de lo ilícito, lo permitido de lo prohibido. Hay varias razones por las cuales la anomia puede caer en una sociedad, una de ellas es que los gobernantes y la administración pública no estén dispuestos a respetar la ley y a rendir cuentas por sus actos, propiciando así que el ciudadano no se sienta obligado a respetar las normas e incrementando la repulsiva impunidad que nos invade.

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