Semillas de conciencia

Mucho porqué vivir

Por las mañanas que prometen olvidar lo que ya no quieres ser… y perdonar. Por la vida que se mueve en cada hoja y en cada ojo. Por las manos que tocas, por las oportunidades para dejar de estar equivocado. Por ese manto de estrellas que nos tapa, en el error y en el acierto. Y por el ícono de ternura en que te has convertido; por ese amor que endulza la boca en cada pedazo de película contigo.
Por las piernas cansadas del humilde compañero, empujando un carro con elotes, por la catarina que te baila en los ojos para recordarte la curia del sabio señor de barbas blancas. Y por la paz debajo de tu cabello para dormir ante tu enojo.
Por esa fuerza azul que se te mete en los ojos cada mañana mirando arriba, por las montañas sin aparente final, por lo pequeño que te ves, por el hilo de vida que desde dentro te conecta con todas esas cosas. Y por ese, tan singular e irrepetible, mundo, universo, puerta, puente, y burbuja para caminar y perderse detrás de tus pupilas.
Porque podría borrarse todo de un plumazo y te reirías de la muerte al otro lado; la verdad y la permanencia están garantizadas. Por el llanto y la sonrisa de ese niño cachetón, con los ojos inyectados de inocencia, escribiendo en julio su llegada al mundo, y haciéndote sentir que la bondad existe. Por el arco mágico de tus cejas, por lo insoportablemente viva y lejana que eres… perdida allá adentro en la promesa de otras vidas.
Por el asombro de verte crecer y ser tanto de mí y con tanto de lo que ya no soy y anhelo ser… y pensando en la persona en que espero verte convertida, sin perder lo que después acaba por buscarse; por esa autenticidad escurridiza. Por los pájaros del árbol, que son el cascabel del día, y la confirmación de que no amaneciste tieso ni frío. Y por tu terca lucha con Dios y con el diablo, y por el fantasma tuyo que deambula paseando ocurrencias.
Por la impostergable cita contigo mismo para cuestionarte a dónde vas y en qué te has convertido, para no perderte el mundo, para no encerrarte pero tampoco arrojarte de cabeza al abismo. Para subirte a la maravillosa posibilidad de perdonarte de una vez por todas y dejar de arruinarte la existencia.
¡Hay tanto por qué Vivir!m