Semillas de conciencia

El miedo a la intimidad

Nuestros padres, nos inspiran amor pero también resentimiento. Cuando hay necesidad de perdonarlos, empieza por aceptarlos como figuras terrenales, llenas de maravillas y equivocaciones… no son deidades del Olimpo caídas en desgracia, pero tampoco son enviados del inframundo, mensajeros de Hades. Son… simplemente humanos como nosotros. No tienen la investidura divina de Zeus, pero tampoco la mirada petrificante de Medusa. Solamente deja de juzgarlos y acéptalos.

Ellos también cargan su costal de tristezas. A veces ya están muy viejos o enfermos cuando nos cae el veinte… han perdido su energía original. Los miramos caminar encorvados, sus cabezas encanecidas, sus manos con menos piel y más huesos… y entonces, un arrebato de ternura nos consume el alma y nos arrasa los ojos… y somos capaces de abrazarlos; un abrazo de perdón y surge un llanto abundante y liberador; ya no sentimos ganas de hacer reclamos; al contrario; un impulso a protegerlos y cuidarlos se apodera de nosotros.

Su cuerpo frágil enmarca unos ojos tristes que piden amor a gritos. La moneda se invierte. Ahora ellos son débiles y se han vuelto tan dependientes. Es el ciclo de la vida… para allá vamos todos y lo descubrimos amándolos, intensamente conmovidos. Entonces somos capaces de darnos cuenta que no hay nada que perdonarles; la llama del amor calcinó el resentimiento guardado.

 El espíritu humano es indeformable; y ahí nos damos cuenta de eso. El brazo castigador se ablanda y se posa lentamente en el hombro de esos seres a los que llamamos papá y mamá. Y el milagro se opera, la buena relación con el universo se restablece.

A muchos les llega el darse cuenta sobre una tumba, y con un ramo de flores en la mano… las lágrimas pareciera que no van a parar nunca, pero al final te liberas. Les dices lo que no alcanzaste a decirles en vida, (y no empieces por favor a flagelarte otra vez con esa tontería de la culpa, con la tarugada de “¿porqué no lo hice antes?”). Deja de castigarte.

No puedes predecir fechas. No te exijas poderes que no son de humanos. Sólo grítales que los amas, perdónate y perdónalos. Donde quiera que se encuentren puedes jurar que te están escuchando y  su alma estará más serena después de que hagas eso. Si te hicieron, si les hiciste, ya no importa.

Si aun los tienes contigo, aprovéchalos. Párate y llámales por teléfono; corre a abrazarlos, y grítales que los amas más que a nada en el mundo.

Y entonces, sólo hasta entonces, serás capaz de coincidir con Amado Nervo en su monumental y portentoso autodescubrimiento: “Vida nada me debes… vida estamos en paz”.