Semillas de conciencia

La decepción y el liderazgo

El liderazgo a veces se torna en un camino solitario. Cuando las multitudes se marchan, las lealtades escasean. Pero necesitas seguir creyendo en la gente.

Cuando guías y sirves a la gente, pudieras pensar que en agradecimiento, te seguirán y caminarán contigo para servir a otros. Grave error. Eso no siempre es cierto. Muchos vendrán a ti disfrazados de un falso aire de buscadores de la verdad; de una aparente vocación de servicio. En realidad mucha gente solo viene a resolver sus problemas y se marchan. Esperan ser ayudados. Y harás lo mejor que puedas por ellos. Pero no continuarán contigo en esa cadena de ayuda a los demás. Muy pocos seguirán contigo hasta el final.

Pero a pesar de ello no puedes dejar de creer en la gente. En liderazgo, decepcionarte no es una opción.

Muchos viven atormentados por sus propios demonios internos. Y en tu afán de ayudarlos vas a olvidar que pueden morderte la mano en cualquier momento. No pueden hacer otra cosa. Cargan con mucho daño por dentro. Y se lanzarán sobre ti a la menor paranoia o contrariedad. No se puede evitar. Y no vas a dejar de ayudarlos por eso. Un líder sabe eso. Un líder no es ingenuo. Aún así seguirá ayudando. Ha aprendido a no pensar tanto  en sí mismo. Ha aceptado que a veces caminará solo, y con un puñal en la espalda lanzado por una mano “amiga”.

Pero no puede rendirse. Eso no lo apartará del camino del servicio. La libreta de notas sobre afrentas pendientes, no figura en el portafolio de los líderes.

Lo dijo Teresa de Calcuta: “Dale al mundo lo mejor que tienes y te patearán en los dientes; dale al mundo lo mejor que tienes de todas maneras”.

Lo dijo el Noble Carpintero de Galilea: “No son los sanos los que necesitan un médico”.  Y la gente, después de 2,000 años, no ha cambiado. Una parte de ellos actuará como un alacrán peligroso, no importa que nada malo les hayas hecho. No importa cuánto te hayas esforzado por ellos. Te morderán como sea. Cuando menos te lo esperes. Pero debes seguir creyendo en ellos. En esa parte sana que algún día saldrá a flote. Y entonces recordarán lo que hiciste.

El dolor de la decepción tiene una única vacuna: el placer de hacer que otros crezcan.