Semillas de conciencia

Queremos que se acabe la impunidad

La exigencia de nuestra sociedad respecto a los cambios que requerimos, generalmente se enfoca hacia afuera. En tiempos de elecciones, a pesar de la poca esperanza que se tiene hacia la política, seguimos esperando la llegada del anhelado cambio desde el exterior. Poseemos una visión mesiánica, que poco o nada se ocupa de la autocrítica. Nuestra cultura ha sido inspirada en fomentar el caudillismo y la generación de mártires. Muy poco en la proactividad. Nos es más fácil estirar la mano y esperar que algo llegue, en lugar de usarla para emprender acciones. Muchos viven a la espera de una señal empezar a actuar. El cambio se percibe como si un tsunami repentino pudiera transformarlo todo desde la raíz. Poco se valora el esfuerzo disciplinado del cambio díario. Somos expertos en buscar atajos y soluciones fáciles. Esta ha sido la cultura que se niega a pagar el precio del cambio; quiere transformaciones pero no está dispuesta a pagar por ellas. Y tampoco asumimos el costo de nuestra negligencia e indiferencia ciudadana. Nuestras redes sociales se encuentran plagadas de quejas. Lo cual se entiende al considerar el hartazgo generalizado que se vive desde hace décadas, sobre las cosas que no funcionan. El problema es que no van acompañadas de propuestas. El problema es que no hay un análisis de las causas y raíces. Nos cuesta leer, nos negamos a investigar. Nos reímos de nuestra propia ignorancia pero no emprendemos acciones para tomar distancia de la misma. Esperamos nuevos rumbos; anhelamos policías honestos, les exigimos a nuestros hijos ser honestos, hacemos airadas reclamaciones en sus escuelas cuando percibimos alguna injusticia. Pero... ¿qué hay de nuestra propia falta de integridad?

Muy pocos de nosotros estamos dispuestos a devolver el teléfono o la cartera extraviada que nos encontramos en la calle o el taxi. Somos lo suficientemente oscuros para incluso regalarles a nuestros hijos un teléfono que no es nuestro, y sin la menor incomodidad de conciencia. pero nos rasgamos las vestiduras cuando sentimos que el sistema nos está saqueando. Nos quejamos de los baches y de las pésimas condiciones del tráfico. Pero no tenemos reparo en disculparnos en nuestras propias arbitrariedades. Una sociedad que mira normal el estacionarse en los aparcamientos para discapacitados, está muy lejos de tener la estatura moral para exigir cambios a su Gobierno. El oportunismo y el saber tomar ventaja, son antivalores con los que rodeamos a nuestros hijos. Y esperamos que la escuela los convierta en personas de bien.