Semillas de conciencia

Hijos digitales; padres análogos

Dedicarles tiempo ya no basta; esta generación de jóvenes simplemente no encuentra un punto de conexión con sus padres y viceversa. Tiempo atrás la propuesta de dejar los celulares de lado a la hora de la comida o durante las reuniones familiares, parecía el remedio idóneo para los problemas de comunicación. Al empezar a ponerla en práctica, nos esperaba otra gran y poco grata sorpresa: no hay nada de qué hablar. Los temas de conversación simplemente no existen. 

No sabemos en qué momento simplemente ya no encontramos de qué hablar con nuestros hijos, fuimos descubriendo que no los conocemos ni nos conocen. Y la tarea de ser lo más cercano para ellos, que debiera ser espontánea y natural, se ha vuelto un reto insuperable hasta la fecha. Las charlas se limitan a preguntarnos cómo estamos y como nos fue, de manera ritual y automática. Y las respuestas son igual de mecanizadas. No nos vemos a los ojos, no profundizamos, no hacemos contacto.

Antes hablábamos de una brecha generacional, pero nos hemos quedado cortos con la apreciación… son abismos. Hay un precipicio en muchas familias mexicanas entre padres e hijos. Irónicamente nos hallamos en plena efervescencia de la era de las comunicaciones… y estamos más solos que nunca. Las redes sociales y la tecnología, conceptuadas como puentes de acercamiento, nos alejan de los que tenemos al lado, para priorizar las conversaciones huecas y superfluas, con personas que ni siquiera conocemos.

Como padres nos urge desarrollar alternativas de acercamiento para con nuestros hijos. No solo se soslaya la comunicación; también la autoridad. El viejo recurso de comparar la usanza de nuestra época, con las costumbres modernas, resulta una retórica aburrida para los jóvenes. Los ojos en blanco y la boca torcida nos envían un mensaje que no hemos aprendido a leer: nuestra escala de valores y prioridades no tiene ningún significado para ellos.

Urge recapacitar en nuestro mal encaminado enfoque; los hijos no son una extensión de nosotros. No son una “segunda oportunidad” para enmendar nuestros errores. Ellos tienen sus propios errores que cometer, son personas individuales e independientes ideológicamente. Basta de comparaciones y de que “tiempos pasados fueron mejores”. Urge construir puentes para encontrarnos a medio camino, interesarnos por sus cosas “raras”. Enseñarles el lado interesante de nuestras historias “aburridas”. Dejar de criticar y devaluar sus gustos. Eso solo nos convierte en sus enemigos. No hagamos de la protección una prisión; apoyar no es controlar. Se su apoyo, no su sombra.