Semillas de conciencia

Darte permiso de perdonar

La vida es demasiado corta. Viaja ligero de equipaje para disfrutar el paisaje. En esta tierra fuimos puestos con compañeros de viaje: nuestra familia. Tan distintos, y tan difíciles. De los que a veces renegamos  y pensamos que son las personas más intransigentes. Eso pasa cuando dejamos de mirarnos al espejo de la humildad para no ver nuestras propias incongruencias.

Y ese viaje tiene un destino: la realización del amor incondicional. La familia es una Misión Espiritual, y llevarse bien con ellos es el examen de la vida.  ¡Y no te equivoques! Tu examen no incluye el cómo reacciona tu madre, ni el carácter de tu padre, o lo difícil que es tu hermano.

La vida al final te cuestiona a ti. Te pregunta por la parte del puente que te tocaba construir para acercarte a tus seres amados: el 50%. Ocúpate de pedir perdón tú. De perdonar primero tú. De decir “te amo”. De ser el primero en decir “lo siento”.

Y olvídate del cómo reaccionan los otros. Eso ya no te compete. Nadie te nombró “supervisor de su evolución”. No eres el gurú de nadie. Así que deja de juzgarlos y de llevarles las cuentas.

Si quieren disolverse en el ácido del orgullo, eso es asunto de ellos. El punto es que por ti no quede. Que no seas tú quien se quedó detrás de la soberbia y se perdió la magia de amar, el viento fresco de la renovación que te despeina cuando dejas de sentir rencores. ¡Suelta eso!

Cuídate de que el final no te sorprenda odiando. Que no te pille la muerte de sorpresa, con los besos que te guardaste, y que por orgullo nunca diste. No tendrás regalado un minuto más para ir a darlos. Así que entrégalos hoy. ¡Todos!

Que ese día no te agarre atorado en tu absurda sensación de “tener el poder y de ser el que nunca cedía”. Porque no hay forma más espantosa de desperdiciar la vida que esa.

Dios no te está juzgando. ¿Quién eres tú entonces para enjuiciar a otros? ¿Para siquiera enjuiciarte a ti mismo...?

Vive de tal forma que si la muerte te cayera encima en cualquier rato, tus ojos se cierren serenos y sin nada de qué arrepentirse. Dale a los que amas  en vida, antes de que se marchen, las suficientes caricias y atenciones para no tener que ahogarte en la culpa tonta del que no dijo... del que no se acercó...

No sabes si los verás esta noche o si amanecerán mañana. Así que perdona. Manda a la basura cada una de las cosas que te oprimen y atrévete a saltarles encima en un abrazo.

Los estreñidos emocionales le tienen pavor a esta verdad: “Las lágrimas más amargas que se derraman sobre una tumba, son siempre por aquellas cosas que no se hicieron, y que no se dijeron”.