Semillas de conciencia

Aprender a dejar ir

Soltarse es un Arte. Dejar partir a la gente, poder despedirnos de los que más amamos, sobre todo de estos últimos, es la prueba máxima del desapego. Nada nos pertenece, nada habremos de llevarnos. La gente se marcha, nos estamos yendo. La muerte solo te recuerda que somos eternos y que nada está quieto. Somos como la semilla del fruto que se pudre, para dar paso a una vida distinta en el árbol. A veces, la gente se va de nosotros aun en vida. ¿Para qué retenerlos? Reconoce su libertad para elegir su propio camino; eso también es amor.

Por eso, no te aferres; nada ha de cambiar el curso de lo escrito. Así como baila la tierra en torno al sol, y el mar besa a la arena con la luna llena, como a la crisálida le salen alas de colores, como los vientos puntuales del invierno, así… exactamente así, fue planeada nuestra vida y muerte. ¿Qué te hace pensar que estamos fuera de esa sincronía? Dependemos del vaivén de la mano del Eterno. ¿Por qué llorar por eso? Somos la ola que llega y se va, la luna cíclica de octubre, la piel mutante de la serpiente. Mira las hojas del maple; que se visten de dorado y naranja para morirse, la ingeniería aeronáutica en una mariposa y que sólo vive un día. ¿Podrías detener eso? Seca las lágrimas, no hay pérdida; cambiamos de residencia, somos flor de un día. Un soplo del Dador de Vida y estamos latiendo en el vientre materno… un tajo del Ángel helado y estamos volando hacia el origen. Lo dijo el poeta prehispánico: somos polvo de barro en tus manos, tú nos haces y nos deshaces…

Somos su obra. ¿Por qué habría de pedirnos permiso o darnos explicaciones?

Si eres capaz de creer que la muerte es el fin de su obra, eres parte de los confundidos que no escuchan a la vida, y entonces estarás más lejos de tener paz. El Creador de Todo, pasea las galaxias y los universos, pastorea los cometas… se da tiempo para inspirar a las hormigas a construir su propio “Teotihuacán”. Es perfecto… y humilde para escucharte cuando las estrellas te roban el aliento, y tus ojos son dos flechas de lumbre, buscando respuestas en el cielo. Después de haber visto tantas maravillas, cualquier día es bueno para morirse. Así que no te preocupes por el “más allá”. El te ha regalado mucho tiempo en el “más acá” para que aprietes a la gente en un abrazo, para que empujes fuerte el columpio de tus hijos. Ama a los que se quedan, bendice a los que se van, disfruta de poder ver la sonrisa de la gente; eso último es más hermoso que el Niágara y los Jardines babilónicos juntos. Ante eso, sólo puedes estar seguro de una cosa; el Dador de Vida es un tipazo.