Paideia Política

Casa Blanca: adiós al cinco de mayo

Aunque históricamente en las relaciones de México con Estados Unidos (EU) se han dado más diferencias que coincidencias, la batalla del 5 de mayo de 1862 fue un evento que generó uno de esos afortunados momentos. Ese día los mexicanos derrotaron al poderoso ejército francés, cuyo objetivo era establecer un gobierno monárquico, que sirviera de contención a las intenciones expansionistas de EU en el continente americano.

El triunfo del Ejército mexicano sobre los franceses fortaleció nuestros vínculos con EU, en esa época. Ellos libraban la Guerra de Secesión, iniciada en 1861, por lo cual era difícil que enfrentaran a los europeos para hacer valer la Doctrina Monroe. Mientras el bando federalista, dirigido por Lincoln, luchaba por mantener unido a su país, Juárez defendía nuestra soberanía y daba un respiro al gobierno estadounidense.

Esta es la razón por la cual este acontecimiento se convirtió en un festejo anual en EU, particularmente en algunas ciudades de California y Nuevo México, pero con mayor popularidad en Texas, lugar donde nació Ignacio Zaragoza, héroe del 5 de mayo, cuando todavía era territorio mexicano.

En el siglo pasado la celebración creció, especialmente a partir de 1970. Los movimientos de méxico-americanos vieron en esta fecha una oportunidad para reivindicar sus derechos como migrantes. Más tarde se adoptó como el Día de la Herencia Latina, que serviría para resaltar la importancia de esta comunidad en EU. La festividad creció tanto que George W. Bush la llevó a la Casa Blanca en 2001.

Sin embargo, con la llegada de Trump esta fiesta parece amenazada. La última celebración no contó con la asistencia presidencial, por primera vez en 17 años. Fue realizada en un viejo edificio administrativo, adjunto a la Casa Blanca, y no hubo mariachis. El vicepresidente Pence encabezó el acto y hubo alrededor de 100 invitados. La decisión parece lógica en alguien como Trump, que se ha mostrado abiertamente antinmigrante y en particular antimexicano. Su ausencia es un acto simbólico que refleja precisamente el lugar secundario que asigna a México.

Una vez más, Trump mostró su desdén a todo lo que se origine en nuestro país. Con su ausencia refrendó que no reconoce los aportes de nuestra comunidad a la economía y a la cultura de EU. Este hecho parece reforzar la tendencia en su relación con México: la ausencia de coincidencias que nos unan y el aumento de la brecha que nos separa.