Paidea

Ser viejo y ser joven en México

El suicidio es un asunto vigente que nos lleva a derivaciones temáticas interesantes. Merece volver a discutirse porque está muy presente en las notas periodísticas y en las estadísticas recientes. Lo mismo nos enteramos tristemente que un anciano se quitó la vida, que nos lastima lo haga también un joven que apenas empezaba a vivir. ¿La vida vale o no la pena de ser vivida?  Es una cuestión fundamental que está presente en la explicación del problema del suicidio. La tomo como entrada a esta columna.
Hay urgencia por debatir temas que nos pueden parecer desagradables pero que son ineludibles. ¿Cómo se vive la vejez? ¿Cuáles son las condiciones en que se desenvuelve la vida de las personas mayores que no tienen medios económicos para la autosuficiencia? Nos estamos encaminando a establecimiento de una sociedad de viejos miserables, y perdón por la crudeza, pero la vulnerabilidad de este sector se incrementa al paso de los años. ¿Acaso no tienen (tenemos) derecho a una vejez con dignidad?
En cuanto a los jóvenes, existe el problema de la falta de oportunidades, ya sea para estudiar o para trabajar, lo que genera una difícil situación: se desaprovecha su potencial para favorecer el desarrollo del país, y se les deja a expensas de grupos que necesitan “carne de cañón”, sangre nueva, para sus actividades delictivas. Vivir en un mundo globalizado, en una sociedad consumista, donde somos a cada momento bombardeados por la publicidad que nos da a conocer los más diversos productos y variados estilos de vida con estereotipos tomados de personajes famosos del deporte, de la música, del cine, lo que genera falsas necesidades, no debe ser fácil para los jóvenes sin trabajo, sin ingresos y pertenecientes a familias de escasos recursos. ¿Se imagina usted el nivel de ansiedad, de angustia o el grado de frustración a que se enfrentan los jóvenes ante esas circunstancias? Vuelvo aquí al tema del suicidio que se ha convertido en el sector poblacional de 15 a 24 años, en las áreas urbanas, en la segunda causa de muertes. No es asunto desdeñable.
Hoy nos enfrentamos a un lamentable escenario para un buen porcentaje de  personas mayores y jóvenes: ¿De qué sirve vivir más años si no se puede vivir mejor? En los próximos años vamos a tener más viejos, por la marcada tendencia al envejecimiento demográfico, pero no nos estamos preparando como sociedad, y desde el gobierno, para hacer frente a los desafíos que ello va a plantear en cuanto a salud, alimentación, vivienda, vestido, recreación y seguridad social. Estos son derechos humanos y sociales que deben garantizarse para una vejez digna. Lo mismo aplica para los jóvenes, agregando lo relativo a la educación y el trabajo, pues ¿de qué sirve que tengan fuerza física y mental, talentos, capacidades, en fin, gran potencial, si no se aprovecha o, peor aún, se desperdicia? Los problemas de la calidad de vida de la mayoría de la población, del bienestar necesario, de oportunidades de desarrollo, son abordados tangencialmente y de forma demagógica desde los grupos de poder político y económico. Hace falta empujar más fuerte desde la sociedad civil para que sean atendidos y para que tomemos en nuestras manos parte de la solución. Tenemos el reto de hacer, entre todos, que la vida valga la pena de ser vivida.


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