Paidea

Sobre el quehacer sindical I

Cuando se llega a los cuarenta años de servicio profesional y a los sesenta de edad, existe la posibilidad de hacer un recuento de lo hecho, bien o mal, en los distintos ámbitos donde uno se ha desenvuelto. Hay etapas, hay ciclos, en la vida, en lo laboral, con logros, errores, satisfacciones y decepciones. En función de ello, he iniciado los trámites para dar el paso hacia el término de la vida profesional activa, es decir, hacia la jubilación y, por consiguiente, no habré de concluir el período como miembro del Comité Ejecutivo de la Sección 35 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, que termina hasta el año 2016. No obstante, habré de continuar vinculado al magisterio y a los trabajadores de la cultura, con el interesante proyecto del Centro Cultural “Profr. José Santos Valdés” que opera en ciudad Lerdo. Tal como lo he expresado antes, la jubilación no es aislamiento, ni ostracismo; no es desligarse de las actividades en el campo educativo, ni del trabajo intelectual y cultural. Tampoco es el abandono del compromiso con la educación pública o la renuncia al ejercicio de nuestros derechos como trabajadores, aunque pensionados. ¿Por qué no mantener izada la bandera de lucha por la dignificación del magisterio y tender puentes con las nuevas generaciones?  El paso por la Sección no fue fácil, sobre todo al llegar y permanecer por varios años como miembro de una expresión político-sindical minoritaria. A pesar de las críticas recibidas por la permanencia en el SNTE, unas de mala fe y otras bien intencionadas, no me arrepiento de lo hecho durante los últimos años. No se descuidó el trabajo académico, pues traté de hacerlo compatible con las funciones sindicales. Además, ya había trabajado bastantes años frente a grupo y como directivo de instituciones educativas. No llegué al sindicato “huyendo del gis”, como se acostumbra decir de quienes se integran a la organización gremial. Fue en todo caso una experiencia diferente, que aportó otro tipo de aprendizajes y generó la posibilidad de interactuar con mucha gente y de conocer problemáticas a veces complejas en el ámbito magisterial.Son muchos los aprendizajes que se adquieren en una organización como el SNTE, a partir de la formación política que se tiene y con la participación en la disidencia magisterial. Se aprende sobre la condición humana, sobre los comportamientos frente a lo que se considera “el poder” en un sindicato. Se aprende a vivir entre dos fuegos: rechazado por una parte de los llamados institucionales, que se sienten dueños de la Sección 35, pero también atacado o al menos criticado por una parte de la disidencia, supuestos compañeros practicantes de un purismo insostenible, que no aceptaron nuestra forma de hacer política sindical y nos pusieron la etiqueta nada grata de “neocharros”. Afortunadamente no hay la proclividad al maniqueísmo, ni a ver las cosas en blanco y negro. No todo lo malo está en el grupo institucional ni todo lo bueno en las expresiones disidentes. Queda claro que las instituciones las creamos, las dirigimos y participamos en ellas hombres y mujeres con cualidades, con defectos, con distintas visiones del mundo, con diferentes niveles de ambición, con intencionalidades diversas. El caso del SNTE es interesante conocerlo desde dentro, su historia, sus contradicciones internas, los estilos de liderazgo, sus potencialidades no siempre aprovechadas a favor de los trabajadores, sus debilidades, particularmente frente al poder del Estado. No es una experiencia desdeñable el haber participado en el Comité Seccional. Habremos de explicar por qué.  


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