Paidea

Los maestros y su cultura personal

Hace algunos años leí un bello libro escrito por un educador francés de nombre Georges Jean, que se publicó por editorial Narcea con el título “El profesor: su cultura personal y su acción pedagógica”. Es el tipo de lecturas que uno no olvida y, de vez en vez, vuelve a ellas para recuperar el optimismo que pugna por escapar y para mantener el gusto por una profesión hoy lastimada por tantos cuestionamientos no siempre justos. Georges Jean fue un maestro, sin mayores títulos académicos que el otorgado por la Escuela Normal de Saint-Cloud, pero poseedor de una impresionante cultura y de una valiosa experiencia en el ejercicio de la profesión docente, pues enseñó por más de cuarenta años desde la escuela maternal hasta la universidad. Lo que escribió estuvo sustentado en la práctica y sus planteamientos pedagógicos los hizo con autoridad moral. En uno de ellos, que da sentido a su libro, sostiene que “una pedagogía sin cultura es una pedagogía muerta, propensa a admitir todas las servidumbres ideológicas” y considera que la acción pedagógica se pervierte en la medida que sus objetivos  son más utilitarios que culturales. A riesgo de parecer desubicado en estos tiempos que corren, hago manifiesto mi interés por abordar el tema de la cultura personal de los docentes, como un asunto de importancia que impacta para bien o para mal en su desempeño. Se requiere entonces fijar posición en cuanto a la cultura. Por principio, esta palabra no debe ponernos en predicamento. No se trata de hablar latín o traducir el griego para demostrar cultura. La cultura personal no es el lujo de saber mucho y no creer nada, lo que puede desembocar en una indeseable pedantería. Se trata de entender que está vinculada a nuestra vida, a la recuperación de la experiencia, especialmente la infancia, pues el niño que todos fuimos puede ayudar a enriquecer nuestra práctica pedagógica. Pero también tiene que ver con desarrollar convicciones, que nuestros alumnos lo perciban y  hacerlas valer. Además, darle un lugar especial a la lectura y otras experiencias en el campo de la cultura, pues no olvidemos que lo que muchas veces nos ayuda a tener éxito en nuestro ejercicio docente, a “inspirarnos” para impartir nuestra clase, puede ser un fragmento de lectura, el recuerdo de una película o un viaje, un espectáculo callejero o un pequeño incidente en la vida aparentemente sin relación con el trabajo.Por ello es importante la cultura personal de los maestros, que debe estar continuamente en movimiento, debe ser abierta y puesta permanentemente en tela de juicio. Nos permite disponer de reservas, no necesariamente constituidas por masas de conocimientos librescos, propios de la repetición, sino como sedimentaciones que lentamente se van integrando a la totalidad de la persona que somos. El cultivo lleva tiempo, lo que hace que muchos maestros se pregunten: si apenas tenemos tiempo para preparar las clases, ¿cómo quieren que dispongamos de tiempo para cultivarnos? Es absolutamente necesario en esta profesión atreverse a sacar tiempo para hacer “otra cosa” que sólo lo relativo a la enseñanza. No hay una profesión donde la cultura personal desinteresada sea más necesaria. ¿Qué tenemos que hacer para desarrollar esa cultura? Tampoco hay recetas para ello. Los propios maestros debemos construir alternativas, abrir caminos, recuperar experiencias, para que la formación cultural nos permita hacer frente a las reformas educativas que se diseñan desde el centro y nos imponen de manera vertical. Es un reto, pero también una necesidad.  


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