Paidea

A los jóvenes maestros

¡Cuánta falta hace dialogar con los jóvenes! En el caso de los maestros es el momento de discutir sobre las perspectivas de futuro, sobre los escenarios por venir. Es muy fuerte el problema de la exclusión y no respeta edades ni sectores sociales. Hoy los jóvenes se ven atrapados por una forma de vida caracterizada por el vértigo, y no llegan a entender que en el vértigo no se dan frutos ni se florece, como en cierto momento expresó Ernesto Sábato. Se presenta el miedo, se deja de reconocer a los demás, se anula el diálogo entre personas. Lo grave es que el miedo se ha convertido en una constante, en un signo de nuestro tiempo. Y todos sabemos que el miedo paraliza. Por ello es muy importante, indispensable, para buscar transformar el actual estado de cosas, combatir el miedo y el silencio. Aquí entran los maestros jóvenes a jugar su nuevo rol. Tienen que sacudirse la modorra, entender que si no cambian de actitud, caracterizada en muchos casos por el conformismo y la pasividad o la indiferencia, la viabilidad de su propio futuro está en riesgo. ¿Qué es lo que les espera al final de una vida de veinte o treinta años de servicio si las condiciones se mantienen como están hoy o empeoran? Al parecer tienen razón quienes sostienen que hemos sido domesticados en la obediencia a una sociedad que no respeta la dignidad del hombre. Tenemos que empezar a cambiar esta situación. Ese es uno de los grandes retos de los maestros jóvenes. Pero ello les exige revisar su formación, replantearse sus actitudes, su forma de comportarse en el delicado y complejo campo donde se desempeñan  profesionalmente.
Hago mías las palabras que A. Camus pronunció en un discurso en defensa de la inteligencia en 1945: “no soy de los que predican la virtud. Demasiados la confunden con debilidad”. Prediquemos mejor la pasión, eso tan maravilloso y tan necesario en el ejercicio del magisterio. Los maestros, ¡y mucho menos los jóvenes!, no debemos ser portadores de almas tibias, más bien habremos de desarrollar corazones ardientes. ¿Cómo lograr la formación de alumnos inquietos, curiosos, críticos, si somos maestros pasivos, indiferentes, apáticos? Insisto en algo que he dicho antes: no seamos burócratas pedagógicos, no caigamos en el papel de técnicos de la enseñanza, de dadores de clases. Seamos más ambiciosos. Retomemos la responsabilidad de ser educadores, con todo lo que esa palabra implica. No ceder a las tentaciones de irnos por el camino fácil, atender la ley del menor esfuerzo o ser presa de la simulación. Romper con la regla de que es lícito mentir para triunfar más fácilmente o con la máxima de que “cada quien que se rasque con sus uñas”, expresión de un individualismo fomentado por el actual sistema,  que ha dado al traste con valores como la solidaridad y el sentido de comunidad. La labor educadora también tiene que ver con mantener lo que vale, con rechazar las desigualdades, oponerse a las injusticias, no consentir la mediocridad, ni la negligencia, ni las actitudes cómodas que tanto daño hacen. Pero todo esto se tiene que trabajar con las nuevas generaciones, con los niños que hoy están en las escuelas y que son la esperanza de que pueda lograrse un mundo mejor. De ese tamaño es el reto de los maestros, con o sin reforma educativa y a pesar de las burocráticas autoridades.


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