Paidea

La civilización del espectáculo

En distintos momentos he señalado cuán compleja es la sociedad actual y lo difícil que es comprenderla sin tener las herramientas apropiadas para ello, es decir, sin las habilidades intelectuales necesarias. Sin embargo, pareciera vivirse en este terreno una paradoja: a mayor complejidad en el mundo contemporáneo, más se percibe la tendencia en los individuos a la simplificación. Esta actitud es propia de nuestro tiempo y del tipo de sociedad que se ha construido, donde el extendido uso y abuso de la tecnología, derivado de las exageradas expectativas sobre su aporte al proceso educativo, ha llevado al desplazamiento del interés por los mecanismos del pensamiento complejo que van ligados a la reflexión estimulada por la lectura. Esa sociedad caracterizada por la actitud simplificadora de los individuos, orientada a la homogeneización, a la uniformidad y donde la gente padece una especie de adicción por el entretenimiento, fue llamada “sociedad del espectáculo” por el pedagogo inglés Neil Postman hace algún tiempo.
Recientemente, el escritor Mario Vargas Llosa publicó un libro con el título “La civilización del espectáculo”, nombre que tomo prestado para esta columna. Su obra sólo me sirve de pretexto para vincular el interesante tema que trata con las dificultades que hoy enfrenta la tarea educativa, en las instituciones encargadas de ello. Para Vargas Llosa la civilización del espectáculo es aquella que pone en el primer lugar de la tabla de valores el entretenimiento, donde lo que importa a la gente es divertirse, escapar del aburrimiento, evadirse con facilidad. Señala que convertir la idea o actitud de “pasarlo bien” en un valor supremo, tiene entre otras consecuencias la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad y la proliferación del escándalo y los chismes en el campo de la información. La televisión es la sede del espectáculo en que vivimos casi permanentemente. Asistimos por millones al “circo electrónico” en nuestro país. Ante esta situación de espectáculo se hace evidente la dificultad para cumplir eficazmente con la tarea educadora, sobre todo ahora que hay una especie de exigencia para lograr que todas las experiencias de la vida, incluida la escolar, sean “divertidas”, lo que anticipa la eliminación del esfuerzo que está vinculado al aprendizaje. ¿Se buscará entonces que la enseñanza se convierta también en espectáculo?
No quiero generar la impresión de que me opongo a la diversión o al entretenimiento, puesto que incluso he considerado un derecho humano la recreación. Lo que se intenta destacar es la inconveniencia de convertir todo ello en valor supremo y hacer a un lado la práctica de la reflexión o la necesidad de fortalecer el pensamiento. El facilismo, la simplificación burda, no pueden ser lo que oriente el proceso educativo, pues nadie puede afirmar que el aprendizaje sea algo fácil, ni siquiera con el uso de las más modernas tecnologías, ya que el proceso de construcción de conocimientos en sí mismo es complejo. No permitamos que se avance en esta civilización del espectáculo hacia una mayor destrucción de lo que hasta ahora hemos considerado como cultura, que tiene que ver con actividades intelectuales, artísticas, literarias que desarrollan la sensibilidad, ensanchan el horizonte para hacernos personas más completas y enriquecen la vida interior.


gabriel_castillodmz@hotmail.com