Paidea

Responsabilidad de los adultos

Todavía hoy nos queda claro que la educación es producto de la sociedad y no a la inversa. Las duras críticas que se lanzan contra los maestros, responsabilizándolos de la mala calidad educativa, debieran convertirse en pretexto para entrar en un terreno más amplio, más profundo: ir a las causas del deterioro no sólo de la educación sino de la sociedad, cuyo reflejo más visible en la actualidad es lo que se refiere al clima de violencia, a la descomposición del tejido social, a la depreciación de los valores. Con una revisión somera del estado de cosas, encontramos serios problemas entre los niños y los jóvenes, cuyo origen puede ubicarse en una inadecuada actitud de la generación adulta, ya sean padres o maestros. La pasividad, la permisividad, la falta de autoridad, la ausencia de modelos positivos a seguir por los jóvenes, han sido factores fundamentales para explicar los niveles de violencia, de agresividad, de carencia de valores, que hoy marcan la pauta en el vivir cotidiano, sin que ello signifique caer en una injusta generalización que vaya contra nuestra juventud.
Sin embargo, hay que señalar que en las últimas décadas se empezó a configurar lo que ahora se conoce como “paternidad pasiva”, a partir de la renuncia voluntaria de los padres a ejercer, con todas sus implicaciones, esa delicada función y, en muchos casos, se ha practicado el laissez faire en la crianza de los hijos, lo que va de la mano con el concepto de permisividad, en cuyo ejercicio se siguen cometiendo excesos. Ello nos lleva a pensar que los padres no hemos estado dispuestos a enfrentar la incomodidad de decir NO cuando sea necesario, y es lamentable que como padres sepamos lo que debemos hacer, pero no tengamos el valor de hacerlo. Hemos construido una sociedad permisiva que educa en cuanto a la libertad y los derechos de los niños y los jóvenes, pero no tanto en sus obligaciones,  las reglas y el establecimiento de límites. Incluso hay quienes sostienen que todo esto se deriva de una especie de erosión de lo que era conocido como jerarquía moral, imprescindible para que los adultos tengan autoridad sobre los menores. Afortunadamente en el actual escenario están reapareciendo conceptos como el de disciplina que parecían estar proscriptos en años pasados, y se empieza a observar una tendencia a retomar los aspectos formativos en el quehacer escolar, es decir, lo relativo a los hábitos, las actitudes, los valores, elementos fundamentales para el desempeño en la vida social.
Por otra parte, para los jóvenes sobre todo, sería de gran valor ver en los líderes políticos, sociales, empresariales, religiosos, intelectuales, ejemplos dignos de ser imitados, pero no siempre es así, y como jóvenes tienen una enorme facilidad para detectar la hipocresía o la simulación. Tenemos que reconocer que estamos en deuda con la mayoría de nuestros jóvenes y no estamos haciendo lo suficiente para ofrecerles alternativas y para recomponer el escenario en el cual les tocará actuar, con un entorno menos hostil. Habrá que asumir nuestra responsabilidad de adultos, proponerles modelos de conducta distintos a los muy lamentables que hoy se les muestran a través de los medios, y ayudarles a superar los obstáculos que les impiden realizarse plenamente. Es una tarea necesaria, aunque no fácil, y sobre ello habremos de abundar en nuevos textos.


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