Paidea

Magisterio de García Márquez

El magisterio es un oficio que ha sido ejercido por destacados personajes, sin necesidad de un título y más allá de las aulas. Es el caso de Gabriel García Márquez. Su muerte me ha llevado a cambiar el tema que tenía preparado para la columna de esta semana, aunque no pretendo escribir sobre el  autor colombiano, pues mucho se ha escrito sobre él y su obra literaria por quienes lo conocieron de cerca y han estudiado con seriedad su abundante producción. Lo que deseo destacar es la percepción que me queda de que se está acabando una generación de creadores, de intelectuales nacidos en las primeras décadas del siglo XX, que nos ayudaron a ver el mundo más allá de lo meramente objetivo, que nos permitieron darnos cuenta que hay otras maneras de entender la realidad. Se extraña, porque nos hacen falta, a los escritores y pensadores fallecidos en los últimos años del siglo pasado y lo que va del presente. También se extrañará a García Márquez, pero habrá de permanecer una obra literaria que tiene asegurados lectores por varias generaciones más, gracias al grado de excelencia con que fue escrita, sorprendiendo siempre al lector. Quedará la influencia de un hombre que nos hizo amar la literatura por su particular manera de contar historias.
Tiene razón Mario Vargas Llosa cuando dice que las grandes obras literarias enriquecen la vida, mejoran a los hombres y son el sustento de la civilización. El conjunto de creaciones de García Márquez se inscribe en esa categoría y corresponde a nosotros, sus lectores, darle esa justa dimensión, para que su magisterio pueda perpetuarse a través de lo que el gran pensador francés, Edgar Morin, llama Escuelas de vida, referidas como escuelas de la lengua: por medio de la literatura se hacen manifiestas todas las posibilidades del lenguaje, para que los estudiantes se apropien de su riqueza a través de la lectura y la utilicen para una mejor forma de expresión. También como escuelas de calidad poética de la vida, del descubrimiento de uno mismo y de la comprensión humana, que permitan el cultivo de la emoción estética y del asombro, el reconocimiento de la subjetividad a través de los personajes literarios, con los cuales los estudiantes se pueden identificar, además de ofrecer la posibilidad de comprender lo que no siempre se comprende en la vida cotidiana.
Gabriel García Márquez ya ha pasado a la historia como un revolucionario en el campo de la literatura, a la que amó profundamente. Una prueba de ello fue no permitir que se llevara al cine su obra más leída y dejó a los lectores el privilegio, como buen maestro, de construir con el poder de la imaginación nuestra propia versión de Cien años de soledad. El problema a que nos enfrentamos actualmente es recuperar el terreno perdido por las humanidades, y en particular la literatura, frente al avance de la tecnología. ¿Qué hacer para que se vuelva a leer con pasión, por el mero gusto de hacerlo, para disfrutar una historia bien contada como las que dejó el autor de El amor en tiempos del cólera?  Para empezar a dar respuesta a la pregunta planteada, hoy tenemos, en las familias y en las escuelas, el reto de revalorar la literatura, ese denominador común de la cultura que, según Vargas Llosa, ha permitido la comunicación entre los seres humanos, sin importar idioma, creencias o tradiciones. Estamos obligados a preservar ese elemento de la cultura, junto a otras manifestaciones del arte, para garantizar que no nos gane la carrera la deshumanización. A esa preservación ha contribuido, y lo seguirá haciendo a través de su legado literario, Gabriel García Márquez.


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