Paidea

Flaubert, 195 años

Cuando se llega tarde a las buenas lecturas y, consiguientemente, a la escritura, es difícil lograr que esta última adquiera perfiles literarios de calidad y aún lo es más alcanzar un estilo propio bien definido.

Con plena conciencia de ello he buscado, desde hace algún tiempo, acercarme a textos de escritores importantes donde, intencionadamente o no, comparten su proceso de creación literaria, sus influencias. Uno de los que más impacto ha provocado en esa búsqueda es Gustave Flaubert, especialmente al leer su correspondencia.

Deliciosas cartas a su madre y a su amigo Ernest Chevalier, donde expresa con magistral aunque aparente sencillez, sus experiencias de viaje al oriente (paisajes, costumbres, comidas, personas), su crítica a la civilización (a la que llama “ese arrugado aborto de los esfuerzos del hombre”), sus lecturas (Víctor Hugo, Lamartine, Shakespeare, Voltaire, Walter Scott y muchos más).

Dedico la columna a Flaubert, porque este lunes 12 de diciembre se cumplirán 195 años de su natalicio. Casi dos siglos y su palabra se mantiene sin perder el brillo. Aunque es un escritor conocido por su novela Madame Bovary, prefiero tener de referente su correspondencia por los guiños, ideas, sugerencias y temas que se desprenden de su intercambio epistolar con familiares, amigos y otros escritores de su tiempo.

Cartas en las que llega a retratarse como cuando a escribe a Louise Colet: “hay en mí, literariamente hablando, dos hombrecillos diferentes: uno entusiasta de la verba, del lirismo, los grandes vuelos de águila, de todas las sonoridades de la frase y las alturas de la idea; otro que cava y ahonda la realidad en la medida de sus posibilidades; que gusta consignar los hechos pequeños con tanto relieve como los grandes”. En su correspondencia se combinan ambos y genera un efecto aleccionador.

Es estimulante leerla, pese a las dosis de pesimismo que existen en sus expresiones sobre el hombre en general y la civilización. Lo muestran también como un hombre obsesionado por el cuidadoso empleo de las palabras, por cultivar pacientemente su talento literario, pero además hacen evidente su rechazo a lo que consideraba la vulgaridad, mediocridad, mal gusto e incultura de la burguesía de su tiempo. De verdad ha sido un gozo volver a leer parte de la correspondencia de uno de los grandes novelistas franceses para escribir mi columna. 


gabriel_castillodmz@hotmail.com