Paidea

Banalización de la política

Hace unos días, un columnista de Milenio se refería al caso del político panista Luis Alberto Villarreal, quien fue separado del cargo de Coordinador de los diputados en el Congreso de la Unión, por la divulgación de un video tomado en una fiesta donde se encontraba bailando con una mujer de las que se conoce como escorts o acompañantes remuneradas, según refieren varias notas periodísticas. En el manejo de los argumentos, señaló el periodista que “no es para tanto”, que “es su vida privada”, que en el PAN les gana la moralina, que vivimos en tiempos distintos a cuando surgió ese partido político conservador, entre otros. Efectivamente es un asunto que merece revisarse con más cuidado, no el caso del panista pues hay muchos más y de distintos partidos, sino el referente a lo público y lo privado en el ejercicio de la política o el quehacer de los políticos, ya que para nadie es desconocido que en la actualidad se vive una tendencia que no resisto la tentación de llamar perversa, porque la considero inducida, en cuanto a tratar y resolver los temas, asuntos o problemas que son públicos en forma privada (o casi), y los aspectos privados de la vida de los políticos se convierten en públicos, verdaderos escándalos a los que contribuyen de manera sobresaliente diversos medios de comunicación.Como parte de su formación (deficiente o ausente en muchos casos), los políticos están obligados a entender los nuevos tiempos, ¡claro!, la lógica con que actualmente juegan los medios, el papel de las redes sociales, pero sin dejar de revisar y de reflexionar acerca del sentido de su función. Porque no debemos olvidar que, como bien han dicho algunos pensadores contemporáneos, vivimos la “civilización del espectáculo” y la política también se ha convertido en ello. Existe una banalización de la política que cada vez es más preocupante por el deterioro moral en que ha caído y la afectación cívica que genera. Al parecer se han arriado las banderas de los ideales y no hay debate de ideas sobre los asuntos de interés público, ya que se han sustituido por los comerciales, por la publicidad. Hoy los políticos quieren ser populares y medir su éxito no tanto por su trabajo y resultados, basados en la inteligencia, la eficacia, el compromiso con el pueblo y la honestidad, sino por su presencia constante en la televisión, la capacidad de actuación frente a las cámaras y la demagogia que lleva a querer convertir en verdad una mentira a fuerza de repetirla incansablemente ante los micrófonos.   Con lo escrito no quiero parecer un moralista o un aburrido aguafiestas ante el derecho que pudieran tener los políticos a divertirse, acudir a fiestas, bailar con el tipo de chicas que les venga en gana o a participar en actividades que los lleven a las páginas de sociales o sección de espectáculos en la programación televisiva y, en ocasiones, a la nota roja. Lo que me preocupa como ciudadano es que se quiera que aceptemos sin cuestionar que esto es la política y que siempre ha sido así. Desde luego que no es verdad. Basta repasar un poco la historia de nuestro país para constatar que han existido etapas, períodos importantes, donde los grupos gobernantes y los opositores, esto es, la clase política, ha estado integrada por un buen número de políticos con formación, con experiencia, con proyecto, comprometidos con la Nación y una honestidad probada. No estamos obligados a aceptar como destino fatal esta banalización de la política y la consiguiente degradación de la vida pública que se padece.  



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