Vivir el día

París arde

Y  en México no se diga. La mortandad mexicana es mayor, con mucho, que la francesa. Como secuela del atentado del provocador semanario Charlie Hebdo, con decenas de muertos, antes y después del atentado y en cacería policial, el terrorismo yihadista confesó o menoscabó y amedrentó no solamente a la hermosa ciudad. El atentado fue eficaz en estrategia y publicitación.

No es la primera vez que Francia sufre por semejantes actos. Hace 40 años hubo criminalidad analogable. El susto pavoroso se replicó con inmediata repulsa y manifestaciones en pos de la unidad y la valentía. Francisco Holande declaró ante los medios que no habrá impunidad y declaró estado de alerta. Miles de ciudadanos, entre ellos musulmanes en abundancia, ganaron las calles y se expresaron con verdad al precisar que el islam es humanismo pacifista.

Lo mismo han tenido que expresar cristianos, quienes en nombre de Jesús han victimado a otros creyentes de varias religiones. Almas torcidas y triunfalistas han pugnado por hacer de la religión, que no fe, un dominio que con dogmas y mitos aspiran a una hegemonía excluyente.

Al Qaeda, en su nombre, divulga que estas y otras acciones son suyas y anuncia que intentarán comisión en áreas distintas del mundo. Previene a Estados Unidos. A pesar de que la comunidad musulmana está incorporada en Francia (5 millones), se registra que su condición social no es meritoria de bien y son subalternos muy dependientes que no son reconocidos con igualdad. La hosca y malintencionada derechista (admítase la redundancia) Marine Lepen falló en su pretensión de manifestarse con miles de ciudadanos. Enferma, pide la reinstauración de la pena de muerte. La muerte de los terroristas no acarrea la confianza y sí muchos miedos.

No es solamente la repetición de crímenes espantosos lo que se lamenta y teme. El miserable crimen contra los redactores y caricaturistas de Charlie Hebdo revive la polémica, o polémicas, en el estado y valor supremos de la libertad de expresión, que se quiere irrestricta. Pero no lo es, ni lo ha sido.

Debe ser revisada insistentemente la creencia que en la República mexicana no hay discriminación. La hay de género, de etnias, de credos. Las mujeres, los niños, los homosexuales, los senectos pelean por reivindicaciones. La desigualdad económica atroz (México es un país de pobres y empobrecidos) es matriz y engendradora de discriminaciones que someten.

No trasciende de facto la determinación constitucional del artículo cuarto: “El varón y la mujer son iguales ante la ley”. No tiene amparo práctico que “El Estado otorgue facilidades (?) a los particulares para que coadyuven (?) al cumplimiento de los derechos de la niñez”.

En la educación y relaciones con la niñez, en Francia, por cierto, muchachas y muchachitos no gozan de cuidados reconocidos. Aquí la niñez tiene otras consideraciones y desconsideraciones como ha de ocurrir en miles y miles de regiones del planeta.

Y hete aquí que el terror, los miedos, invadieron el país galo. Perdurará, a pesar de la enhiesta posición popular y la oficial.

Las vinculaciones humanas son inexorables, a distancia corta o alejada. Así existen y subsisten vínculos de sangre y vínculos de afinidad. Temporales y circunstanciales, no dejan de asociar a millones de vivientes y aún a perecidos ya. “La existencia humana es una aventura que está haciéndose y en la que todos participan hasta en el más allá —el Juicio, la Resurrección de la Carne”. J, Duvignaud.

La consigna “Je suis Charlie Hebdo” es reconocida por ufanos comunicadores en prensa y otros instrumentos de comunicación. Uno cree que no es legitimadora de la irresponsabilidad en las expresiones. Por las buenas y por las malas se reprimen las aseveraciones, burlas, ironías, malicias y agresiones que ofendan o lastimen. En ese sentido uno puede decir, y dice, “Je ne sui spas Charlie Hebdo”. Sí, el que ríe (burla) se aguanta.

Los sarcasmos no pueden tener la respuesta de lectores y usufructuarios de la mediocracia, los medios. La indefensión ciudadana, dígase femenina, infantil, senecta, es común, no de excepción.

“Nos volvemos entonces hacia la retórica, las ciencias del lenguaje o de la persuasión y, a veces, hacia la devoción; privilegios de grupos minúsculos y ardientes, que no se dirigen a los que no son iniciados, a quienes no saben leer”. J. Duvignaud.

Aunque el asesinato es lo más reprobable (salvo en las guerras, en los bombardeos atómicos, en la criminalidad), su frecuencia y abundancia —otra vez, en el país mexicano— patentiza el acontecimiento fatal. Según la Biblia, todo comenzó con Caín. Así que lo que pasa en Francia no es hecho insólito, ni reciente.

Mucho por precisar y saber en el espléndido París, capital del exilio, FCE, Casa Refugio Citaltepetl, Ciudad de México, 2014.