Vivir el día

¡Fuego! ¡Fuego!

Ante precauciones y temores ocurren hechos de agitación, cada vez más delictivos, en las regiones de estados de cita frecuente. Guerrero es la entidad con activismos más desenfrenados y retadores. Ahora, la reclamación por los desaparecidos, victimados, normalistas de Ayotzinapa dan razones y pretextos para la manifestación y ataques callejeros.

El registro de daños acopia datos tremendos. Aunque no se reivindica la idea de terrorismo, la verdad es que las felonías son abundantes, y se infligen con acciones incendiarias físicas y verbales, retadoras, abiertas, públicas. El achaque se imputa a organizaciones y grupos conocidos. Pero generalmente se considera que una porción del magisterio, regional y nacional, está en diario reclamo.

Las atrocidades han sido amedrentadoras: la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación (Cegeg) es identificada como la actora frecuente de delitos graves, por más que se suponga la comparecencia sigilosa de anarquistas nativos, y más o menos recientes, que no tienen, se cree, ideología ni propuesta que aluda a no se sabe qué destino. Deliran.

Octubre y este mes sitúan acontecimientos: quema del edificio del Palacio de Gobierno de Guerrero; incendio del ayuntamiento de Iguala; destrozo también incendiario de camión y estación del Metrobús en la vecindad de la UNAM; quema de la puerta principal del Palacio Nacional. Esta sería la posible señalización simbólica del anarquismo en la República.

Bloqueo de tres horas del aeropuerto de Acapulco; en Morelia destrozos y pintas de sedes estatales del PAN y del PRD. Al no haber partido grande o notorio discriminado, nombrado sin ataque frontal, se manifiesta indicio de apartidistas, anarquistas. Pero no se sabe de sujetos y personalidades de los anarcoides o provocadores.

La fogosidad ya logró la alarma y requerimientos. La confusión entre actores y sucesos suscitó miedo y repulsas, no solamente en México. El mismo Papa católico expresó abiertamente condolencias y su creencia, o información de que la delincuencia narca es agente de crímenes.

En México ya no hay inhibición ni ocultamiento de la gran maldad diseminada, no solo en el Distrito Federal. La clerecía católica, voceros, curas, repudian. “¡Ya basta!”, han gritado.

Y es que los destrozos indignan. Pero la actitud oficial puede ejemplificarse y estimar como la común con la declaración del comisionado federal para la seguridad en Michoacán: “la prudencia, la inteligencia, sobre todo el tema de contención, se tienen que hacer con mucho cuidado para evitar que luego violencia genere más violencia”.

Los asaltos prosiguen. Además de los incendios de oficinas y el Congreso local, se arremete con toma de casetas y perjuicios a automóviles. El fuego es el instrumento de los beligerantes más o menos anarcoides. Las capuchas, cascos, tubos, varillas y botes de gasolina son útiles para la defensa de los delincuentes sociales.

Se argumenta que la belicosidad surge de las protestas por los desaparecidos. Pero las confusiones desconciertan. Además de los sucesos concernientes a normalistas, se habla de que la región donde se realizan indagaciones e investigaciones es área grande en la que comparecen lo mismo activistas que narcos.

Los daños por estos conflictos ya han menoscabado los negocios vinculados al turismo. Acapulco, claro está, padece la merma grande, no solamente en el turismo ya viejo en esa linda y prostituida comarca.

Los delitos cometidos no se acompañan de arengas o incitaciones para empresas mayores. Es de aducirse que se trata de una especie de foquismo. La mayor parte del país no se enfrenta a violencias semejantes a las de Guerrero y Michoacán o las de Tamaulipas.

Por su calidad regional, las revueltas se concentran. No se refieren infamias como las comentadas en el país, de no ser a veces. En todo caso, ya basta dicen personas y asociaciones. La inseguridad, las muertes, asaltos, pagos de piso, secuestros, con ser crecientes, no han llegado a forjar un clamor activo en la República. Pero las corrupciones sí, las vinculaciones con el narcotráfico local e internacional también.

En tanto, el Presidente de la República hace saber de su consternación: “Estoy afligido”, cuenta desde la China. Tiempos más que aciagos. El incumplimiento amplio de la base de un gobierno, la seguridad, y aún de un Estado nacional, es la falta mayor de los poderes públicos. Y tiene sentido la queja por las incriminaciones de las fuerzas armadas. Sin embargo, las colusiones entre policías y fuerzas bélicas, no generalizadas, se supone y espera, no son del todo excepcionales. Por lo demás la definición y conciencia de los anarquismos va más allá de ponderaciones teóricas, de estudiosos.

Las autodefensas, la vigilancia y reclamos, el cuidado de sí mismo y de los otros valen, palian, auxilian. Son necesarios pero insuficientes. Se pueden tramar más recursos. La paz, o la pacificación cabal, no son de voluntarismos o fantasías comunes, no solo en pueblos y ranchos. Las ciudades también poseen fuerzas en barrios, colonias. Como lo hacen los enriquecidos en sus zonas residenciales. Los pobres, y aún los marginales, habrán de apagar fuegos malignos vecinos.