Vivir el día

¡Chusma! ¡Chusma!

La estima y los regocijos que Roberto Gómez Bolaños Chespirito suscitó en el mundo —en mucho mundo— es en verdad muy fuera de los aprecios y atenciones que suscitan los actores de los espectáculos. Presidentes, deportistas importantes, millones de personas fueron sujetos de sus quehaceres.

Suplementos, centenares de notas periodísticas y televisivas dieron cuenta y razón de la muerte física de este mexicano, probablemente el más conocido, si bien otros nativos de aquí han provocado atención admirada y hasta reverente. Emiliano Zapata, Pancho Villa, Benito Juárez y Lázaro Cárdenas son referencias frecuentes cuando se ha de hablar de México. María Félix y Dolores del Río son señoras de antigua alusión cuando se apuntaba y apunta el espectáculo de gracias y bellezas visibles.

Como nadie, Chespirito creó personajes y personalidades no únicamente en territorios de habla hispana o de la lengua mexicana, que era lo que hablaba. El Chavo del Ocho, el Chapulín Colorado y el Doctor Chapatín establecieron identidades, aficiones, seguimiento en decenas de países. El esplendor de su trabajo, para muchos, impuso una presencia artística y humana difícilmente analogable.

Se considera que sus aptitudes dependían de sus predecesores en canales de televisión. Su condición de lector ávido arraigó su presencia. Su influjo ha sido tan magnífico que se dice que se constituye en una persona a la que le va bien el reconocimiento de un personaje o creador cultural. Él mismo es ícono. Tuvo a bien prevalecer durante 85 años y morir en un ámbito muy grato, Cancún, Quintana Roo.

Su cultura era espectacular y letrada, para  muchos. Sacó raja de información, respuesta a una biografía que venció la orfandad. Fue, en el fondo, un escritor. Guionista, trabajó con y para otros destacados que merecieron aprecio. Como casi nadie, su acercamiento con artistas del teatro y de las músicas. Hacía valiosas a quienes cimbraron aprecios colectivos: Los Panchos, Los Diamantes, Los Tres Ases, José José, Carlos Lico…

Veinticinco años como guionista, 11 películas, ocho programas como actor, 64 canciones y cuatro discos son sus frutos que serán revisados. Ingeríase en el trasfondo de él la actuación de personajes cuya presencia se desvanece con la imparable salida o fuga de los tiempos. No se pondera con constancia su aportación en la vida, en los ámbitos que promueven quienes tienen difusión vasta.

Es admisible la idea de Adrián Uriarte Bermúdez cuando la visión y comentario se conjugaron para paliar los dolores que producen conflictos y guerras entre connacionales. Era un “placebo” para ciudadanos nicaragüenses que padecían, primero, la lucha contra la satrapía que les dañaba mortalmente y atrofiaba su coexistencia ante la imposibilidad de convivencia. Bolivia también recibió sus alegrías. En las décadas de los 70 y los 80, otros estadios dolorosos en México semejantes a los actuales, casi vísperas de una convulsión gravísima sin derrotero, no tan solo por la estulticia partidista —en el país no hay organización política que presente u ofrezca proyecto, plan o ideología que agrupe a distintas y opuestas clases y etnias.

Importa conocer los aportes en emociones e ideas de trabajadores de la cultura como Chespirito. No será con  risas y gracejos como mejorarán cotidianidades de aquí y acullá. No será sin alegría.

La hegemonía de la radiodifusión por lo que toca a su permanencia, a su captación sin rincón ajeno, la imposibilidad de hecho para estar viendo televisión más allá de dos horas, no es óbice para que millones de televidentes se nutran de los mensajes audiovisuales.

Las diversiones —ver, atender otras cosas, lo diverso— son menester para que las ansiedades y angustias no agoten a los seres humanos. Es infamante la criminalidad extrema que padecen estados y regiones mexicanos (dramatizada por la llegada de fugitivos de violencias parejas o peores en Centroamérica).

Los actores, los comediantes, explayan momentos de regocijo. Cantantes, compositores, danzantes y bailarines, fiestas y lugares de recreo, aumentan las ocasiones para eludir o sosegar impaciencias y tristezas. De allí la importancia de que este huérfano —morador de una batea “habitacional”— lograse audiencias y respetos que lo volvieron recuerdo y alusión preponderantes. Su aportación en películas y discos es una muestra de que con espectáculos y cantares no se salvan personas ni comunidades, a pesar de su trascendencia.

Pero la danza y la expresión musical son haberes nacionales. Nación de música espléndida, de bailes heterogéneos, sus luchas habrán de ser acompañadas, sostenidas por las artes. De aquí el clamor por el llanto y gratitudes internacionales. Sí,“¡Síganme los buenos!” También los malos tarde o temprano. Ochenta y cinco años de vida, y por lo menos 30 de trabajo, en las televisoras que han sido casi duopólicas.