¿Cómo defender al matrimonio?

Para Roberto Castelán, ciudadano valiente

 

No es lo mismo defender el concepto del matrimonio, que defender al matrimonio en sí. En términos aristotélicos, el matrimonio es substancia y los que se casan, accidente. Las palabras no son monolitos, mutan con el tiempo. La lista de palabras que han cambiado a lo largo del tiempo es amplia y muy conocida.

Hace siglos, la idea de llave era muy distinta a la que hoy tenemos. El tamaño y diseño, distaban mucho de las tarjetas inteligentes que hoy se emplean para abrir la habitación de un hotel, y sin embargo, cumplen la función de abrir. Nadie dice, esa no es una llave, coge el artefacto, lo introduce y se introduce a sí mismo en determinado espacio.

Circunscribir el matrimonio a la capacidad tiene una pareja de procrear, tiene más que ver con el apego a una tradición, que con la función social que tiene el concepto matrimonio. Se entienden los motivos de quienes se sienten amenazados ante el avance de las libertades. Se respeta ampliamente su derecho a expresar su temor, pero bajo ninguna circunstancia se pueden sostener sus argumentos hoy en día, sin caer en contradicción o pena ajena.

Bajo la lógica estricta con que los grupos de derecha combaten semánticamente al matrimonio entre personas del mismo sexo, podríamos afirmar que un matrimonio heterosexual infértil, no es un matrimonio, —dado que éste, se define por la procreación.

La conclusión: resulta absurdo pelear por un concepto, cuando el peligro real que enfrenta el matrimonio y las familias, sucede en su ámbito inmediato, a través de fenómenos concretos como lo son: la violencia física, psicológica, económica y sexual; la mentira; la doble o triple vida que alegremente suelen practicar los purísimos miembros de la familia tradicional; la falta de compromiso que suele presentarse en alguna de las partes y que se refleja en familias disfuncionales o asimétricas; la manipulación y el chantaje emocional.

El matrimonio no está en riesgo, lo que está en riesgo es el sentido común, la capacidad de aceptar al otro en su diferencia, la capacidad de entender el mundo en el que se vive y hacia dónde se dirige.

Está en crisis el entendimiento profundo del otro y sobre todo, el amor como mecanismo que homologa, como sustancia que nos contiene, como puente que anula conceptos y recrea y replantea nuestra razón de ser, aquí y ahora.

¿Queremos defender al matrimonio? La respuesta es, sí: librándolo del monopolio de un grupo y reconociendo que en el fondo, de lo que se trata es que unos y otros tengan los mismos derechos y las mismas obligaciones. Ni más, ni menos.

 

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