Luis González de Alba

Ayer falleció Luis González de Alba. Como si se tratara de una cita con el destino, su vida terminó el mismo día que marcó al país: el dos de octubre. Luis era un erudito. Conversar con él, era adentrarse a un mundo lleno de referencias históricas; de citas a autores clásicos; de anécdotas vívidas de un activismo que sembró el germen del cambio en este país.

En vida, fue un alegre divulgador de la ciencia, especialmente de la física. En sus charlas nunca faltaban las referencias a la música clásica y a ciertas óperas. Como escritor, exploró el género de la novela, el cuento, la poesía y el ensayo. Pocos, como él, encararon la ficción histórica nacional, como lo hizo en su libro, Las mentiras de mis maestros, publicado por la editorial Cal y Arena; una recopilación de reflexiones que desnudan los mitos fundacionales, históricos y confesionales del mexicano.

Gracias a su memoria, el país conoció de primera mano los horrores de lo que significó vivir bajo la represión del Estado. Sus años de cárcel, junto con sus compañeros de lucha, no lograron silenciar su voz crítica. De las paredes de la prisión de Lecumberri, surgieron las semillas de futuras instituciones sindicales y partidistas. Irónicamente, quienes intentaron una y otra vez callarlo, fueron izquierdistas. “Líderes” de opinión, activistas que mutaron en burócratas, editores mezquinos a quienes les incomodaba que Luis tuviera el arrojo de exponer ideas que les resultaban muy arriesgadas.

Luis fue crítico de esa izquierda conservadora, contradictoria, panfletaria y simplista que ha privado al país de una alternativa seria, contraria al centro y a la derecha. El pago que recibió por su postura, fue la censura, las descalificaciones y el menosprecio.

En sus últimos años, y bajo el mismo hilo de denunciar las contradicciones de los movimientos sociales, hubo quienes lo acusaban de reaccionario. Su posición frente al tema de Ayotzinapa y la firmeza con que denunció la vacuidad, mentiras e irresponsabilidad de Andrés Manuel López Obrador, lo convirtieron en blanco de una porción de activistas digitales. Evidentemente, quienes lo atacaron no solo no comprendieron los argumentos de un hombre que, escenificaba la injusticia y la contradicción en cada columna, exigiendo la reivindicación de Gonzalo Rivas Cámara, aquel trabajador de una gasolinera que dio su vida para salvar otras, sino que tampoco conocieron su trayectoria.

Al final, el tiempo y la historia le tienen un lugar asegurado como un hombre congruente, consistente con sus ideas, valiente y firme. Su muerte no se llevará su legado, su pensamiento y obra lo mantendrá con nosotros, como una luz en tiempos de oscuridad.

franklozanodelreal@gmail.com