Adiós al fuero

En México, el fuero parlamentario es sinónimo de inmunidad absoluta. En teoría, el fuero sirve para blindar al legislador sobre posibles intromisiones del poder ejecutivo. En la práctica, el poder ejecutivo inyecta millones de pesos a la cámara de diputados para comprar votos ¿o qué son los bonos, los apoyos a casas de enlace, los apoyos “diversos” y demás privilegios que gozan los diputados, sean federales o locales?

También, en la práctica, el poder ejecutivo resuelve con alianzas electorales el número de legisladores que necesita para tener mayoría en el congreso. Blindarse del poder ejecutivo hoy, es una quimera.

Otros poderes fácticos, como la televisión, se dan el lujo de tener telebancadas para cuidar sus intereses. Muchos legisladores, más que representantes del pueblo, parecen ejecutivos de cuenta.

De igual forma, el fuero ha sido símbolo de impunidad. El legislador, ese ser que se ubica en la escala más baja de lo despreciable, puede solicitar moches y no pasa nada. Puede violar leyes y no ser procesado hasta que se le desafuere, con “el debido proceso” —término eufemístico que provoca náusea. ¿Y quiénes son los responsables de quitarle el fuero? Sus iguales, es decir, la cofradía de cínicos que no desean dejar un precedente semejante, aquellos que no se atreverían a juzgar a un igual, porque en una de esas, les puede tocar a ellos. Así que, mejor se hacen de la vista gorda.

En nuestro país, las razones históricas que justificaron la existencia del fuero se caen a pedazos. Los legisladores se han encargado de orinarse en la revolución francesa. El fuero forma parte de la larga lista de simulaciones que visten a nuestro más inacabado adefesio, nuestra democracia. 

Todo esto viene a cuento porque el Diputado independiente, Pedro Kumamoto, presentó una iniciativa para eliminar el fuero e instaurar, lo que él llama, juicios políticos ciudadanos.

Para enojo de quienes aman nuestro actual diseño institucional, se trata de una afrenta populista. De una manera vulgar de buscar popularidad. Hablan de acotar el fuero, cuando, de suyo, está acotado en la ley. Olvidan que lo que está podrido es el sistema de partidos, que no es otra cosa que un sistema de complicidades. Una y mil veces hemos dicho u oído que las leyes no están del todo mal, que el problema es que no se cumplen. Menuda situación.

Para la población general, cansada de atestiguar la frivolidad, la banalidad, los privilegios que goza la clase política, se trata de una oportunidad para terminar con la división artificial que impera entre los ciudadanos con tratos especiales, contra los ciudadanos de segunda.

Démonos esa oportunidad, adiós al fuero.

 

franklozanodelreal@gmail.com