La vida

Quienes hacemos el esfuerzo de divulgar la maravilla y el milagro que es la vida y su evolución en la Tierra fallamos a menudo. Fallamos al dar la impresión que la vida es algo que pasa en otra parte. En una reserva natural, en una lejana sierra, en el vasto océano. Fallamos porque la vida ocurre no sólo en nuestro rededor sino en nosotros mismos. Somos ejemplo y producto de la evolución de la vida. Una ramita tan pequeña y tan importante del inmenso árbol de la vida como otras ramitas: la del rinoceronte, la del más diminuto asquel, la del ahuahuete, la de la mosca, la del olivo. Somos y alojamos vida.Nuestra relación como espectadores ante la divulgación biológica también falla. Seguido creemos que la vida ocurre en la pantalla de la televisión. O, por lo menos, en algún sitio inaccesible traído hasta la comodidad de nuestro hogar por National Geographic. Esfuerzos más próximos como los de este diario (lea los reportajes de Agustín del Castillo en Milenio Jalisco)  o los de la Revista Nomádica ayudan pero no resuelven del todo esta lejanía artificial entre el espectáculo y el espectador. Tomar una visión amplia de lo que significa hoy ser parte de esa compleja tela -hoy tan deshilachada por nuestra inconsciencia- es fundamental para el futuro de la vida, es decir, para nuestro futuro. Por ello es imperativo dejar esta distancia, este desapego. Un posible primer remedio es salir y andar el monte. El Cañón de las Canoas, Jimulco, Bilbao, los cerros de Tomás Garrido o el Cañón de Fernández son puntos excelentes para dejar de darle la espalda a nuestro desierto y a nuestros ríos. Pero no es suficiente.Quizá un mejor consejo es intentar quitarnos el velo que nos impide ver la vida en nuestro rededor. Es entonces cuando el pavimento, nuestros edificios y aeropuertos se disuelven y aparecen esas florecitas azules de pistilos amarillos que llamamos pollo. Es entonces cuando, por encima del ruido del tráfico de la Calle Cobián, se eleva el inquieto canto del pequeño verdin que brinca en las ramas del huizache pescando insectos o el llamado del halcón peregrino posado en la antena de la televisora. Es entonces cuando además de los corredores y caminantes en las amplias banquetas del Boulevard Río Nazas aparecen los mezquites chilenos que te maravillan y te alarman por lo rápido que crecen y por lo invasivos que son. Pero además de encontrarla así, además de ver la vida en toda su anchura, conviene también echarle una mirada larga. ¿De dónde viene? ¿Cómo surgió? ¿Sólo existe en este planeta? Preguntas que nos llevan muy atrás, hasta la noche de los tiempos en que el universo  aún no era. La vida que conocemos se origina en la Tierra hace miles de millones de años. Un organismo sencillo, casi tan sólo un saco de protoplasma, capaz de reproducirse e interactuar con su medio inició todo. Un organismo surgido en las aguas primordiales de un mar antiguo donde persistió y floreció pero donde también se transformó y se adaptó y, transformado, empezó a aprovecharse de cuantas oportunidades le brindaba el planeta virgen. La diversidad de condiciones en el agua, en el aire, en las montañas, en los polos, etc. aunada a la plasticidad aleatoria de los primeros seres unicelulares fue la combinación ganadora que hoy nos entrega esta alucinante diversidad de organismos vivos. Parece increíble, pero no fue sino hasta la segunda mitad del siglo XIX que Darwin descifró esta ley fundamental que tanto nos ayuda a entender el mundo, la evolución por selección natural.Nosotros, los humanos, estos changos lampiños, somos apenas una ramita del árbol de la vida cuyo tronco es aquella bolsita de protoplasma de hace 3,500 millones de años. Todo ese árbol portentoso del que formaron parte trilobitas y dinosaurios está hecho del material forjado en el crisol de las estrellas. Toda la materia que hoy forma todo lo que vemos, palpamos, olemos y somos, fue hidrógeno y lue-go helio y luego litio y luego… hasta crear todo aquello que hoy vemos en la tabla periódica de los elementos. Pero usted y yo y todo lo vivo tenemos carbono, sin carbono no seríamos. No en balde la química de la vida es llamada la química del carbono. Le confieso que sentí raro cuando me di cuenta que no soy -que no somos- más que depósitos temporales de átomos de carbono creados en un sol lejano hace miles de millones de años. Átomos que fueron y serán uvas, alas de mosca, nueces, hojas, lagartijas. Una reflexión más en torno a la vida. De todas las células que contenemos y portamos, tan sólo una de cada diez son humanas, más del 90% son bacterias, hongos y levaduras sin las cuáles no podríamos funcionar o ser. Cada uno de nosotros, cada una de nosotras, es un ecosistema más que un individuo. Eso debería unir nuestro ser con el de otros ecosistemas, con las selvas y los desiertos, con las montañas y con los mares. Finalmente la vida es un continuo maravilloso del cual somos una parte. Única, especial, temporal y maravillosa, pero tan sólo una parte más. 


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