Sed

El mundo está sediento. No cabe duda alguna. Si seguimos como vamos, la cosa sólo va a empeorar. El planeta se está calentando y la agricultura -la actividad más sedienta de todas- requiere hoy aún más agua para cubrir las pérdidas por evaporación. Todo lo que consumimos requiere agua. El consumo inmoderado de lo que usted quiera -iPads, zapatos, comida o viajes en avión- tiene, en el fondo, una elevada factura hídrica.Añada ahora el crecimiento de la población. Hoy somos siete mil trescientos millones de personas. Según los cálculos más optimistas, seremos nueve mil millones en 2050 y de ahí empezará a descender el número de humanos que avasallamos a la Tierra.Estas tres variables -el calentamiento global, el aumento del consumo y el aumento de la población- están conformando la tormenta perfecta en un planeta que solamente tiene el agua que siempre ha tenido. Los cálculos de las agencias internacionales son deprimentes. Nuestro país está en la lista de los países con estrés hídrico alto. Esto quiere decir que no tenemos un colchoncito para sortear las crisis que se nos avecinan. Y el mínimo margen que tenemos lo tenemos en el sureste, lejos de los grandes centros de población. Ese mínimo margen, huelga decirlo, está amenazado por el calentamiento global y el aumento del consumo y sus hijitas: la sequía, la deforestación y la construcción de hidroeléctricas.El panorama es que la situación irá a peor. Cabe entonces preguntarse ¿Hay soluciones? Creo que sí. Pero no son soluciones mágicas, ni rápidas, ni convenientes para que siga la fiesta. Si usted, amable lector, paciente lectora, está pensando en que los océanos tienen mucha agua y que sólo es cuestión de quitarle la sal, pierda esperanzas. La desalinización es sumamente costosa pues requiere de mucha energía y generarla exacerbará las emisiones de gases de efecto invernadero prohijando más calentamiento. La desalinización requiere de inversiones privadas y concesiones lo que pone la mesa para el control corporativo y los abusos que lo acompañan. La desalinización pone en peligro los ecosistemas costeros y por lo tanto las pesquerías por la subida local de la salinidad de esas aguas. El agua desalinizada contendrá nuevos contaminantes como las toxinas producidas por las algas (marea roja), el boro y nuevos y variados disruptores endócrinos. Además, al ubicarse en las costas de grandes ciudades, el agua que usarían podría contener heces fecales del drenaje que viertan al mar esas ciudades. Por último la desalinización, como tantas “soluciones” tecnológicas termina por agravar las injusticias sociales y ambientales: se requerirán más plantas generadoras de electricidad que contaminarán más y se beneficiarán sólo aquellas comunidades con los recursos suficientes para pagar un agua sumamente cara.Una solución más barata, justa e ilustrada sería seguir modelos de desarrollo acordes con los recursos de cada región. Más que de cada región, de cada cuenca hidrológica. La cuenca debería ser la unidad básica de la planeación económica. Cada cuenca tendría que desarrollarse de acuerdo a los recursos con los que cuenta y abandonar el modelo actual de una cuenca de agota sus recursos y cancela todas sus opciones de futuro para que una corporación maximice sus ganancias vendiendo lácteos en México y el extranjero.En un plano económico esto implica hacer un uso juicioso del agua que tenemos. Invertir cada metro cúbico de agua -cada gota- en aquellas actividades que más redunden en el bienestar de nuestra sociedad, llámense empleos o producto interno bruto. Actualmente usamos el agua en cultivar uno de los cultivos más sedientos y más pobres que pueda haber: la alfalfa. Si usted se dedicara únicamente a cultivar esta planta aquí, el negocio no saldría. Menos si tuviera que pagar el agua y la electricidad para bombearla. Pero los intereses detrás de esta locura verde de sembrarla en la parte más árida del Desierto Chihuahuense provienen de que la alfalfa es comida por las vacas, que luego producen la leche de donde se produce el yoghurt que se vende a todo México. Una pirámide económica con un ápice de unos cuantos mil millonarios y una base de devastación y muerte.Desarrollarnos de acuerdo a los recursos de nuestra cuenca equivale a que los habitantes de La Laguna nos volviéramos por fin habitantes del desierto. Ciudadanos plenamente conscientes que no hay futuro si no somos capaces de garantizar la permanencia de los elementos que posibiliten ese futuro. Asumirnos y comportarnos como habitantes del desierto significa, paradójicamente, volver a la casa en la que nunca estuvimos a pesar de haber estado todo el tiempo aquí. Ser hijos pródigos. Más que un Estado de La Laguna deberíamos estar pensando en una República del Nazas y del Aguanaval. 


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