Una reforma energética equivocada

Desesperante en verdad fue ver los coros ensordecedores a favor y en contra de la recién aprobada reforma energética. Fue un debate lleno de encono, donde abundaron las mentiras, los engaños. Fue un debate en el que nadie tuvo la razón. Las promesas de más empleo, más riqueza y gasolina y electricidad barata conformaron los clásicos y tramposos cantos de sirenas. La luz y la gasolina no se van a abaratar a menos que el gobierno continúe su política de subsidios criminales.
Para que de verdad la reforma energética nos trajera modernidad y equidad, habría que eliminar estos subsidios. El Instituto Mexicano para la Competitividad, el IMCO, demostró que las gasolinas caras no desatan una crisis inflacionaria. El Reino Unido, con un precio de más de 27 pesos por litro de gasolina, experimentó una inflación en 2011 de 3.4%.  Algo similar se ve en Chile, en los Estados Unidos, en Brasil, en Turquía y en Rusia. Paradójicamente en Venezuela con un precio del litro de la gasolina por debajo de los treinta centavos mexicanos, hay una inflación de 54%.
El IMCO encontró también que las gasolinas caras tampoco aumentan la brecha entre ricos y pobres. En Brasil, aún con un precio de gasolina 126% superior al de México entre 2003 y 2011, el gobierno de Lula logró que cuarenta millones de personas dejaran las condiciones de pobreza para ingresar a la clase media.
En México este año, el gobierno gastó noventa y un mil millones de pesos para mantener el precio de la gasolina bajo. A mediados de año, la Secretaría de Hacienda y Crédito Públicoadvirtió que el apoyo al precio de las gasolinas y del diesel causa distorsiones en nuestra economía, pues se generan incentivos para el despilfarro de un bien que contamina. Así mismo estimó que el 20% más rico de la población se lleva el 57% de este subsidio. Beneficia a los más ricos y perjudica a los más pobres. El número de mexicanas y mexicanos que podrían solventar carencias de servicios de salud, acceso a agua potable, alimentación sana o vivienda digna y que no lo pueden hacer por este injusto subsidio se cifra en millones.
Haber aprovechado la reforma energética para eliminar estos subsidios hubiera sido una medida valiente, visionaria, equitativa, justa y de gran visión. También hubiera sido una medida impopular. Mejor seguir desangrando las arcas nacionales en subsidios injustos que encolerizar a una clase media que se piensa acorralada pero que la ha tenido y la sigue teniendo cachetona.
El debate en torno a la reforma energética se centró en quien se llevará los beneficios de la venta del petróleo: las empresas privadas (mexicanas o extranjeras) o la nación, entendiendo como nación, en términos prácticos, a una clase política corruptísima, sindicato petrolero incluido. Nunca nadie en el congreso tocó el tema de la otra columna del balance, la de los perjuicios que la extracción del petróleo y el gas tendrá sobre México. Bueno, exagero al decir que nadie abogó por frenar la extracción, procesamiento, transporte y quema de los combustibles fósiles. Mario Molina, Premio Nobel de química, sí lo hizo. Hace meses. Nadie le hizo caso.
Muchos ciudadanos y muchas ciudadanas queríamos una reforma energética que se centrara en el ahorro, en el freno al desperdicio, en el impulso a energías de bajas emisiones. Una reforma energética que, en suma, dejara los hidrocarburos bajo la tierra.
Una reforma energética que cancelara, para siempre, el desastre sin fin que se viene sobre México y sobre Coahuila con la extracción del gas no asociado o gas shale. Casi podría decirse que esta reforma es, ante todo, la puerta de entrada al brutal método de extracción  de este gas llamado fractura hidráulica o fracking. La técnica que nos traerá contaminación y agotamiento de los mantos acuíferos, enfermedad y muerte. Esta técnica iniciará en la región de Siete Manantiales en el norte del estado. Urge encontrarle otro nombre pues le apuesto que los manantiales se secarán, uno por uno. Si aún no las ha visto vea las películas Gasland y Gasland2, están disponibles en la red. Entérese de lo que sucede en los sitios en los que este método se ha aplicado. La industria petrolera ya se cargó a la atmósfera y ahora va tras la litósfera.
Todo el mundo, incluidos los políticos, están de acuerdo en que la temperatura promedio del planeta no puede elevarse en más de dos grados centígrados. Llevamos casi un grado. Si se eleva en más de dos grados estaremos acabando con las condiciones en las que nuestra civilización nació y se desarrolló. Para subir esos dos grados hace falta emitir 565 gigatoneladas más de CO2. Bajo la tierra hay combustibles fósiles que, si los quemamos, emitirán 2,795 gigatoneladas de CO2. Las cuentas no salen. Con debates tan errados y pobres como el que se dio en torno a la reforma energética no vamos a corregir el curso. Seguiremos nuestra alocada carrera al labio del abismo.



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