¿No has pisteado?

Podemos intentar convencernos que las fiestas de fin de año son la ocasión para la introspección, la solidaridad y el amor. Pero lo que cada vez define más esta temporada es el exceso y el concomitante desperdicio. En los arbolitos y las fachadas pletóricas de luces eléctricas pudiera superficialmente apreciarse felicidad por la luz que retorna pasado ya el solsticio de invierno, pero en plena crisis climática ese desperdicio energético revela una falta de compasión y de inteligencia ante un planeta que muere. Lo mismo puede decirse del tráfico cuya intensidad llega a cotas paroxísticas en estos días. Más traslados emisores de gases de efecto invernadero para ir consumir bienes que nadie necesita y cuya producción abona también al calentamiento global.
Solemos creer que nuestra civilización es la onda. Que nunca los humanos la habían pasado mejor. Aunque esa ilusión de progreso la hayamos creado a fuerza de terminar con las condiciones mismas que permitieron el surgimiento y el desarrollo de esa misma civilización. Solemos creer que pasamos de cazadores-recolectores a agricultores pues era nuestro único destino. Al menos el único destino que habría de sacarnos de las cuevas a fundar ciudades. El único destino que nos llevaría de ser comida de las bestias a dominadores de ellas y de todo el mundo natural. La interpretación mañosa y canónica reza que la agricultura y la ganadería fueron las llaves que nos dieron alimento seguro y abundante, que nos permitieron crecer, fundar ciudades, consolidar imperios, idear instituciones y que abrieron las llaves a la distopía terrenal en la que vivimos hoy.
Sin embargo, las señales que surgen de la arqueología apuntan a otro lado. Apuntan a que la domesticación de los granos, es decir, el arranque de la agricultura moderna, fue motivada por nuestra naciente afición por el alcohol. No queríamos fundar imperios, no queríamos idear instituciones ni leyes, todo lo que queríamos era emborracharnos. Lo otro, lo grandioso, fue, digamos, el resultado no deseado de nuestra afición súbita y desmedida por la cheve. Quisimos establecernos en un sitio para cuidar las plantas que nos darían el grano que luego fermentaríamos. Hay vestigios que hace doce mil años ya se fermentaban granos. Más de un arqueólogo cree que la invención de la cerámica, un triunfo del ingenio humano, se debió a la necesidad de recipientes para almacenar y transportar las primeras bebidas embriagantes.
Esta curiosa historia la traigo a colación pues el fin de año es también el tiempo del exceso etílico. De los accidentes a cuál más de trágicos e innecesarios por el consumo desmedido e irresponsable del alcohol. El abuso etílico es un problema grave de salud pública.  Las muertes ligadas al alcohol se han triplicado desde 1990. Desde entonces, el consumo de alcohol ha pasado del sexto al tercer lugar como causa de muerte e incapacidad en el mundo. Cada vez se bebe más y el consumo se da en episodios más intensos. En España, donde el consumo de vino y cerveza se da desde temprana edad pero siempre acompañado por alimentos, ha visto el surgimiento de “el botellón”, grandes fiestas callejeras que reúne espontáneamente a grandes números de adolescentes con el único fin de emborracharse hasta caer al suelo.
El crecimiento del abuso en el consumo del alcohol se debe a una reducción aguda de su precio a partir de la mitad de la década de los noventa. En una hora de trabajo pagado con salario mínimo, un irlandés gana lo necesario para comprarse el límite aconsejable de alcohol de toda una semana. Los irlandeses ya pisteaban pero ahora pistean más.
El alcohol que quizá fue el feliz estimulante para que nuestra civilización surgiera, hoy es la causa de grandes problemas y tragedias sin fin. Los expertos en salud pública piden a gritos la intervención del estado para elevar el precio del alcohol y reducir así su consumo. Es una medida racional y probada para reducir el número de muertos, heridos y hospitalizados que cada fin de año nutren las macabras estadísticas. Hoy, aún medios liberales como The Economist admiten que esta intervención vía impuestos debe hacerse ya.
El aumento al precio del tabaco y ahora al precio de la azúcar y de los alimentos llenos de calorías pero carentes de nutrición -la comida chatarra- son ejemplos cuyos frutos en términos de salud pública ya se ven y se verán con más fuerza pronto. El precio de todo aquello que desperdiciamos debe ser aumentado. Se me viene a la mente la electricidad y la gasolina, bienes escasos, subsidiados y desperdiciados.
Lo ideal, claro, es que detengamos el desperdicio por motivación propia. Por amor al prójimo y por compasión por el planeta. Que no bebamos en exceso. Que no prendamos lucecitas de navidad. Que no tengamos el motor del coche funcionando sin que el coche se mueva. Que hagamos a un lado lo desechable y contaminante. Pero en lo que llegamos a ese estado ilustrado, la Secretaría de Hacienda haría bien en echarle una mano a la mano invisible del mercado.


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