La multifacética bici

La bici tiene tantas caras, usos y facetas como ciclistas hay. Para algunos la bici es un instrumento deportivo, como una raqueta de tenis o unos palos de golf. Para una minoría, la bici puede llegar a ser una profesión y el camino a la fama y a la gloria. Para otros es el medio que nos lleva de A a B de manera divertida, cómoda, rápida y barata. Hay para quien la bici es un pretexto para la avaricia y para quienes es un instrumento para la caridad. Hay otros que la usan como un juguete y otros más para inflar sus egos. La bici es muchísimo más que unos fierros y dos ruedas, es un trebejo que logra fundirse con los anhelos, las ilusiones y los valores -oscuros como luminosos- de aquellos que la tomamos muy a pecho.Más de una vez he dicho que la bici es una veta de oro que los psicólogos clínicos han tardado en descubrir. La bici desata -en menor o en mayor grado- una especie de locura. Desde la muchacha que de pronto se vuelve un despliegue ambulante de dijes, aretes, pulseras y blusas de tema ciclista hasta la señora que un día, sin mayor experiencia o entrenamiento, la descubre y decide darle la vuelta a Australia pedaleando sola. Ella, su bici y su alma. O las locas y locos de Ruedas del Desierto que hace casi cuatro años decidieron que podían desafiar al miedo saliendo a pedalear por las calles laguneras en medio de una crisis de violencia que pocas ciudades en el mundo han experimentado. La bici como elemento patogénico, recostada en el diván freudiano.Pero además de ser capaz de desatar estas patologías inocuas, la bici tiene también su cara terapéutica. Ya sabemos que una actividad física de ligera a moderada puede obrar maravillas para reducir el riesgo de una enfermedad cardíaca y otros males crónicos. La actividad física ayuda a prevenir la diabetes o a posponer y reducir sus estragos. Hay estudios que demuestran que pedalear alivia el estrés, el sentimiento de aislamiento y la angustia.Este viernes, como ha sucedido los últimos viernes, Patricia y yo hemos retomado la sana costumbre de ir al cine. En la antesala alcancé a reconocer a una pareja con la que habíamos coincidido semanas atrás, en el estreno de Cantinflas. Hacíamos tiempo mientras preparaban la sala. De pronto, él me preguntó cómo iban las Ruedas del Desierto. “Rodando” le respondí. Me explicó que ellos eran ciclistas de montaña, que él se había lesionado en la última Durango-Mazatlán pero que ya le urgía subirse de nuevo a pedalear. Se hace vicio, le comenté, pero su respuesta me sacó de equilibrio. Me dijo que en su caso la bicicleta le ha ayudado a mantener el Mal de Parkinson a raya. Se puso de pie apoyándose en un bastón. Patricia y yo nos sorprendimos. No se le advertía síntoma alguno de esta enfermedad incurable que afecta la habilidad motora y se caracteriza por temblores incontrolados y dificultades para desplazarse. Seguimos los cuatro la plática amena en torno a la bici hasta que nos llamaron a pasar a la sala y nos despedimos. Aún si yo no fuera ciclista, esta historia me hubiera maravillado igual. Siempre he admirado los múltiples papeles, caras y dimensiones de la bici, pero esto que acababa de oír era una novedad donde la hubiera. Volvimos a casa. Me senté ante la pantalla blanca del procesador de palabras, pensando en qué tema trataría hoy aquí. Pantalla en blanco y mente en blanco no se llevan. No combinan. Recordé la plática antes de entrar al cine. Me puse a indagar sobre el Mal de Parkinson y la bicicleta.En 2003, el Dr. Jay Alberts del Instituto de Investigación Lerner de la Clínica Cleveland, hizo un tour en una bici tándem o doble con un paciente de Parkinson para concientizar a la población sobre esta enfermedad incurable. Después del viaje, el paciente mostró una mejoría notable. Intrigado, el Dr. Alberts decidió hacer un experimento.Junto con varios colegas usó la resonancia magnética para estudiar la conectividad cerebral de veintiséis pacientes antes y después de un programa de ocho semanas de ejercicio en bicis estacionarias. Luego, para un seguimiento más puntual, se repitieron las pruebas de conectividad un mes después. Tres veces a la semana los pacientes le daban duro a la bici estacionaria. La bici usaba un algoritmo que medía el vigor del ejercicio y luego los forzaba a ejercitarse con mayor intensidad. Este ejercicio se denominó “actividad a tasa forzada”, aunque más de un paciente lo definió como tortura. Justo al terminar el período de ejercicio y un mes después, en las pruebas de control, se encontró una conectividad cerebral aumentada, especialmente entre la corteza motora primaria y la parte posterior del tálamo, las dos áreas responsables de la habilidad motora.Fue sorprendente descubrir una terapia efectiva y barata -una bici y las ganas de pedalearla con vigor- contra un mal incurable e incapacitante. Para mí -y para Patricia- fue una revelación y un motivo añadido para agradecerle a la bici: haber sido el pretexto para una conversación amena que me hizo aprender algo nuevo y apreciarla aún más. 


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