A media asta

Este viernes me preguntaba socarronamente porqué el asta bandera de la Plaza Mayor en Torreón estaba vacía. Mi pregunta iba más allá que la ausencia de la bandera. Me preguntaba por qué no estaba la bandera a media asta, como señal de luto. Quizá usted, paciente lector, tiene la respuesta: no hay bandera a media asta el viernes de semana santa porque el estado mexicano es un estado laico.
Uno de los pilares de las libertades individuales es la laicidad del estado. Cuando el estado se inclina por una religión se vulnera el derecho de sus ciudadanas y de sus ciudadanos que no profesan esa religión. Atenta, en suma, contra la libertad de conciencia. Para ganar esas libertades el país pasó por una cruenta guerra civil. Desde la guerra de reforma se había mantenido esa noción liberal del estado que nos legó la generación más extraordinaria de políticos que haya tenido este país: la generación que encabezó Benito Juárez.
Las coordenadas liberales del estado mexicano permanecieron más o menos firmes hasta ya bien entrado el siglo veinte. Para entonces la frase “estado laico” sonaba hueca en los oídos de un público dejado e ignorante. Por eso nadie se escandalizó demasiado con la fuerte erosión que sufrió en los noventas a manos de Salinas. El restablecimiento de relaciones diplomáticas con el Vaticano no fue un mero asunto diplomático sino el reconocimiento explícito y preferente de una iglesia -y por tanto de una religión- por sobre cualquier otra. No nos engañemos, el estado vaticano es una ficción. No es sujeto de ningún tratado comercial o cultural, ni forma parte de la esfera de influencia de ninguna potencia. Stalin se preguntó en una ocasión cuantas divisiones tenía el Vaticano. Podía haber hecho preguntas igualmente retóricas como cuál era su producto interno bruto, su base industrial, sus grandes universidades o sus principales productos agropecuarios.
Al establecimiento de relaciones diplomáticas siguieron los chacualoteos públicos del presidente Salinas con el embajador del Papa y la foto de Sócrates Rizzo, gobernador neoleonés, príista y miembro del círculo más cercano a Salinas, hincado, con los ojos mirando al cielo y recibiendo la comunión al tiempo que, como ya lo ha confesado, presenciaba las negociaciones entre los traficantes de droga y el presidente Salinas. Los ministros religiosos recuperaron el voto y se abrieron las puertas para una mayor ingerencia de la iglesia en los asuntos públicos lo que llevó a muchos políticos y gobernantes a intentar congraciarse con los votantes católicos mediante la vulneración de la aconfesionalidad del estado mexicano.
¿De qué otra manera se explican los múltiples nacimientos cada diciembre en las alcaldías de México? ¿Como justificar los mensajes explícitamente religiosos de gobernadores y alcaldes cada navidad? ¿Cómo aprobar la inversión de recursos públicos en las decoraciones navideñas en las calles de México, incluyendo las del izquierdista Distrito Federal? ¿En qué pensaba Humberto Moreira cuando puso en las placas de los automóviles al Cristo de las Noas o la catedral de Saltillo? ¿Qué pretendían Fox y Calderón y qué pretende Peña Nieto nombrando “cruzadas” a tantos programas gubernamentales que nada tienen que ver con guerras religiosas?
Volteemos la tortilla. ¿Qué pasaría si Coahuila decide poner la Mezquita de Torreón o la figura de Buda en las placas de sus coches? ¿O si el gobierno federal anuncia la Jihad por el bosque o por el agua o contra el hambre?
Si usted es católico o cristiano o no se le da reflexionar en estas cosas se preguntará cuál es el problema. A fin de cuenta, las cruzadas son algo heroico y positivo en el mapa cognitivo cristiano en el que todos estamos sumidos. A fin de cuentas todos los mexicanos somos guadalupanos. Si 80% de los mexicanos son católicos ¿para qué molestarse con las creencias o con la sensibilidad del otro 20%?
Pero si usted cree que la libertad de cada individuo de afiliarse a las ideas o a la religión que guste y prefiera es importante para la libertad de todos, verá la gravedad de lo que está pasando en México. Yo me pregunto cuantos años más pasarán para que veamos la bandera a media asta en los edificios públicos mexicanos cada viernes santo. Porque permítame informarle que, por lo menos en un centro comercial de la comarca, la bandera mexicana ondeaba a media asta este viernes. Y esa bandera a media asta del futuro será también una señal de luto por la muerte de los remanentes del estado laico mexicano, de la constitución de 1857, de las ideas de Juárez y los ilustres mexicanos de su generación a manos de quienes deberían haberlos defendido.


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