Una máquina como ninguna otra

La bicicleta es una máquina como ninguna otra. Literalmente. Su grado de eficiencia ronda el 98%. Es decir, casi toda la energía que le entra, sale sin pérdida para moverla a ella y al ciclista que la pedalea. Mi mente de ingeniero se maravilla y me hace cantar las glorias del trebejo. Pero la bicicleta es mucho más que una máquina de eficiencia sin par.
Se ha dicho que la bici es la máquina del tiempo. La niña y el niño que se suben en ella se transforman de inmediato en mayores pues la bici los aleja de la autoridad y de la supervisión paterna y materna. A los que no nos cocemos al primer hervor la bicicleta nos transporta de inmediato a los días felices de la infancia y de la juventud.
Desde el momento de su invención en su forma actual, la bicicleta fue un instrumento revolucionario. Entonces, hacia 1880, las personas vieron como con ella se multiplicaba el radio de su movilidad. Por primera vez en la historia, una mujer o un hombre podían recorrer distancias que antes les serían imposibles sin un carruaje o sin un caballo. Por  cierto, la súbita independencia femenina se percibió como una amenaza y los expertos médicos del sistema machista salieron de inmediato a la palestra a satanizar a la bici como algo impropio y aún dañino para las damas decentes.
La bicicleta es también un prodigio tecnológico en más de un sentido. En la bicicleta se aplicó por vez primera la transmisión de cadena, hoy día ubicua en toda clase de máquinas, incluido el motor de combustión interna. Para la bicicleta se inventó la llanta neumática, capaz de proveer de una sensación de mayor comodidad que con las ruedas de carreta existentes hasta entonces. La carretera pavimentada fue un invento de ciclistas para ciclistas. En pocos años el mundo se pobló de talleres que construían bicicletas para hombres, para mujeres, para niños, para gente alta y para gente menuda. Ford hacía bicis en Estados Unidos, luego se interesó por ponerles motor para finalmente dedicarse a hacer coches. Peugeot fue -y sigue siendo- fabricante de bicicletas. Los hermanos Wright, padres de la industria aeronáutica, eran fabricantes de bicis.
La revolución duró poco. Llegó el motor de combustión interna quemando hidrocarburos y la humanidad fue seducida por el canto de las sirenas que le prometieron poder para llegar más lejos, más rápido. Y nos encaminamos por la senda de destrucción en la que estamos sumidos y estamos sumiendo al planeta. Todo por una promesa falsa. A finales del siglo XX la velocidad promedio en la ciudad de Londres era menor que la velocidad promedio en los 1850 -12 kilómetros por hora- cuando el medio de transporte allá eran carruajes tirados por caballos. Por cierto, las novelas de Dickens no consignan el olor de aquellas calles o como hacían las damas y los caballeros para evitar pisar las enormes boñigas que tanto caballo iba dejando.
Pero con todo y el avasallamiento cochícola, la bicicleta siguió ahí. Arrinconada al papel de juguete, de máquina de ejercicio o de medio de transporte del proletariado. El vehículo de los parias para la cultura dominante. Es curioso constatar los fogonazos que hubo a lo largo de los años de gente notable hablando o pedaleando la bicicleta. Albert Einstein, Pierre y Marie Curie, John F. Kennedy, Elvis Presley, los Beatles, Alfred Hitchcock, Albert Hofmann. O cuantos escritores le dedicaron poemas o cuentos o novelas. Cortázar, Neruda, Hemingway, Sylvia Plath, Ray Bradbury, Conan Doyle. La libertad que da la bicicleta, la sensación de ir volando, la satisfacción de ir de A a B usando sólo la energía que el cuerpo genera siempre serán poderosos imanes para las mentes creativas, las que no se conforman, las que retan las reglas y las verdades establecidas.
Hoy estamos atestiguando un renacimiento pedal en todo el mundo y, ciertamente, en las calles de nuestras ciudades laguneras. Hace ya casi tres años nació Ruedas del Desierto, la organización de los ciclistas urbanos laguneros. Nació para promover la bicicleta como un medio de transporte tranquilo, limpio, sano y callado. Un medio de transporte que es a la vez capaz de crear lazos de afecto entre el ciudadano y su ciudad y sus semejantes. La mera velocidad ciclista nos da la oportunidad de ver nuestra ciudad, sus barrios, sus colonias y sus espacios públicos de una manera radicalmente diferente a la apreciación -o la falta de apreciación- que se tiene desde un raudo vehículo de motor. Ruedas del Desierto, como toda organización ciudadana, es autogestiva, independiente y creativa. Formada por voluntarios talentosos y dedicados para animar a la población a sumarse a la revolución que está cambiando al mundo a golpe de pedal.


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